INTRODUCCIÓN

 

Saludos a todos.

Desde la publicación del libro sobre la Historia de la Música en Melilla, Rafael Díaz Portillo “Didi”, que fuera guitarrista y voz en Los Débiles,  me ha animado a publicar algo en su página “www.guateque.net”. Somos muchas las personas que no estamos, en absoluto, de acuerdo con el enfoque que se le ha dado a esa historia. Pienso que se ha perdido una única oportunidad de hacer mejor las cosas. La parcialidad e, incluso, la falta de rigor, han desvirtuado gran parte de su contenido. Hasta ahora me he abstenido de hacer ninguna manifestación pública en ese sentido ya que, realmente, me daban lo mismo tanto el autor, que ya había obtenido lo que quería, como el “brillo alquímico”,  que también, aunque con daños colaterales que lo empañan.

Me he resistido; y también a las instancias de familiares y amigos, porque no tengo el menor afán de figurar, ni, mucho menos, de pasar a la pobre historia de la música en Melilla como estrella ni como nada; lo de las “pompas y vanidades” hace mucho que se alejó de mí. Puede que en mis años mozos sí, cuando desarrollaba mi actividad pública dentro de la música, la vanidad que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos los de ese mundillo influyera en mí. Aunque lo que de verdad me importaba era hacer música junto con otros y pasarlo bien. Pero hoy día, lo más importante es mi familia. Y también mis amigos. Los de verdad, no los que, con el tiempo, acaban mostrando su verdadera cara y dejan claro que su “amistad” llegaba hasta donde comenzaba su vanidad —y más cosas—. Me ha costado 22 años y la publicación de este libro llegar a convencerme de algo que siempre he sabido pero me dolía reconocer. Como dice mi mujer: “Qué pena que no se hubiera publicado 22 años antes y nos habríamos ahorrado todos esos años de gorroneo ingrato…” Así que no habrá tercera oportunidad.

Por fin accedo a escribir algunos comentarios y apostillas a dicho libro, sobre todo para rectificar inexactitudes y rellenar lagunas involuntarias, deliberadas o debidas a la degradación de neuronas que sufren algunos estrellones de oropel con más nombre que méritos reales. Como dice el refrán: Unos llevan la fama y otros cardan la lana. Y esto se puede aplicar a muchas cosas…

No trato de reivindicarme, aunque muchos han sido los que me han mostrado su disgusto y disconformidad por habérseme relegado injustamente. Lo dicen ellos, no yo. Creo que hay personas muchísimo más importantes en la música de Melilla, como, por ejemplo, D. Julio Moreno. A mí, repito, me importa un rábano.

También tendré ocasión de mencionar a personas olvidadas tanto por el autor como, sobre todo, por su  “brillo alquímico”  y de revivir anécdotas con ellos, verdaderamente entrañables o, simplemente, divertidas. Alguna no tanto, pero bueno… cosas de la vida.

Hay una cosa que quiero dejar bien clara: he recibido reproches en el sentido de haber ¡despreciado! la invitación para asistir al acto de presentación del libro en cuestión. Si no estoy mal informado, fue el 19 de septiembre de 2.008…

Pues bien: me enteré de tal acontecimiento el 4 de octubre, cuando llamé a mi primo Paco Alcalá —cuya única relación con el mundo de la música es ser mi primo y que  Dracmas amenizaran el baile de su boda (pág. 231, foto inferior, Casino Militar)— para felicitarlo por su onomástica, como todos los años. Él había sido invitado porque conoce al Sr. de Casas y le había sorprendido enormemente no verme allí: le dijeron que no había querido ir. A continuación llamé a Paco Santos Muñoz, que fue cantante, entre otros, de Dracmas, al que me une una gran amistad. Y ya fue el colmo: Le sorprendió muchísimo mi llamada porque “alguien” le estaba imbuyendo que yo estaba enfadado con él por temas del libro. Ese “alguien” ha intentado distanciarme también de Antonio Canto, “Menti”. Puedo perdonar muchas cosas, como el haberme arrinconado en el libro, porque  considero una debilidad humana comprensible ese afán tan pobre como lamentable de figurar, apartando a quien considera que le puede hacer sombra (la sombra…pág. 175). Y si no se tiene otra cosa… Pero que me haya intentado enemistar con ellos dos… eso no se lo perdonaré jamás. De todas formas, la lista de las invitaciones fue confeccionada con criterios… convenientemente selectivos.

Como he dicho: no sólo NO FUI INVITADO sino que se me ocultó el acto de presentación escrupulosamente.

Para que no se haga pesado, iré aportando diversos capítulos poco a poco. Gracias por aguantarme y ¡¡¡VIVA LA MÚSICA!!!

 

 

PRESENTACIÓN

Yo quería… pero no pudo ser.

Me llamo Bernardo Marfil Fuentes y soy… un loco de la música.

Con cuatro años vi una película en la que se tocaba la “Gran polonesa”, de Chopin.

Fue mi “perdición”

La música, desde entonces, fue mi aliento, mi vida…

Me enrolaron en el coro del colegio de la Salle con ocho años, antes de lo habitual, que solía ser los diez años. Tenía buena voz y mejor oído. El oído se desarrolló más aún  por el hecho de cantar a varias voces, lo que constituía  un enorme placer  para mí. Me aprendía todas las voces con facilidad, tan sólo de cantar en grupo y oír el conjunto, y comenzaba a percibir claramente las distintas sonoridades armónicas.

Comencé a estudiar solfeo con Carmen Godoy ese mismo año año.

También tecleaba, cuando podía, el piano… en casa de amigos porque nunca tuve uno.

Mis estudios de música no pasaron de ahí. Hice, en menos de tres,  los cinco años de Solfeo que se cursaban entonces, pero no me dejaron examinarme y lo abandoné. Tenía 11 años.

Con 15 años ingresé en la Banda de Música y la Tuna de la OJE.

Clickea en las miniaturas, para ver las fotos ampliadas.

Con la tuna, en el cine NACIONAL de MELILLA, Entre Moncho Morán y Manolo Moreno

La tuna, al completo, en la plaza de toros de MELILLA.

 

Don Julio, su director, me dio un clarinete y me enseñó sus rudimentos. Tocar en la Banda de la OJE refrescó mis conocimientos de solfeo y recuperé mi facilidad para leer música a primera vista.

También puso en mis manos… una  guitarra. Lo primero que aprendí fue a afinarla. Fue algo natural que no entrañó la menor dificultad para mí. La guitarra me abrió, aún más, los oídos y la mente. La percepción armónica dio un paso gigantesco. Siempre me ha apasionado la Armonía. El mundo de los acordes, lo que se puede hacer alterando una nota o la combinación de ellas… es algo fascinante que mi magnífico oído (perdón por lo que puede parecer una inmodestia) me ayudó a descubrir y desarrollar. Lamentablemente, nunca pude profundizar, por una u otra razón, en su estudio, así que sigo “trabajando de oído”.

También “trasteé” el laúd, la bandurria, la flauta… y el violonchelo. Me enamoré de este instrumento. Para satisfacción y orgullo mío —aunque debo aclarar que fue una decisión suya y que yo, en su momento, traté de hacerle ver la enorme dureza de la carrera musical… y también las íntimas satisfacciones que proporciona—, mi hijo ha acabado la carrera de chelo, con sobresaliente, y hecho un master en la Guildhall School of the London University (por cierto: ha tocado con la Orquesta de Melilla); mi hija tocaba la guitarra clásica (acabó el Grado Medio), con —me pierde la pasión de padre, quizá— exquisito gusto. Pero una inoportuna lesión de muñeca, mal curada, ha truncado su carrera musical

Don JULIO MORENO, director de la Banda de la OJE y creador de la tuna habría merecido un capítulo importante en el libro, por la gran cantidad de músicos que salieron de sus sabias enseñanzas. Pero… otra laguna imperdonable del libro de las narices. Voy a tratar de subsanar esa injusticia capital.

Conocí a Antonio Quintana,  figura mítica y encarnación por excelencia de la música pop melillense, siendo unos niños. Más tarde nos reencontramos en el parque Hernández, tocando y cantando a dos voces canciones de los Ten Tops, Dúo Dinámico (Dúo Deno, como decíamos, en expresión de mi amigo Ángel Mario Gambero, más tarde intérprete de la canción vencedora en el I Festival de la Canción Local de Melilla y presentador del II…) Las segundas  y terceras voces surgían en mí espontáneamente.

Antonio siempre había sentido más inquietud que yo —que abarcaba una visión más general de la música—  por los grupos y andaba intentando configurar lo que, con el tiempo, sería el “conjunto” más perdurable puramente melillense: Los Dinguels.

Permanecí entre 1964 y 1966 años en Granada cursando unos estudios que no me gustaban, cuando lo que yo anhelaba fervientemente era ser Director de Orquesta. Los veranos eran para mí reencontrarme con la música. Preparé unas oposiciones para Telégrafos, tiempo durante el cual estuve en contacto muy directo con Quintana. Aprobé las oposiciones y tras incorporarme a mi destino en Marbella, donde sólo estuve dos meses, me fui a la mili.

`Cickea en las miniaturas, para verlas ampliadas.
En Marbella, con Germán, un compañero de trabajo, TINTO, un pastor alemán de un vecino que me "adoptó" inmediatamente y mi adorada guitarra, ENCARNA. En el puerto de Chafarinas En el helipuerto de Chafarinas
 

Al terminar el campamento, donde organicé un trío que cantaba canciones adaptadas en la misa dominical, y regresar a Melilla para incorporarme al cuartel, dedicaba las mañanas a mis deberes militares y obtuve permiso para trabajar por las tardes en Telégrafos. Con mi primer sueldo de Melilla, me compré una guitarra. Era japonesa y tenía una resonancia extraordinaria. Siempre con cuerdas metálicas porque me gustaba ese sonido de acústica. El mismo día del incidente espacial del Apolo XIII, mi guitarra sufrió un accidente y la caja se rompió. Siempre guardé el mástil con intención de, algún día, hacerle construir una caja, pero en una mudanza desapareció.

Entonces conocí a Rafael Santana, “Koly”.

El buen entendimiento se produjo instantáneamente porque el encuentro de dos personas con tal conexión, tantas afinidades, similares concepciones de la música y tan bien avenidos que jamás tuvimos un sí ni un no, no es frecuente y no se deja pasar. Durante mi servicio militar fundamos Los Jaimas, que jamás llegaron a debutar pese a haber ensayado y conseguido un sonido bastante compacto… En mi último mes de mili tuve una lesión futbolera que me impidió continuar ensayando. Pero disfrutamos mucho, entablamos amistad con Manolo Uriel, que era el cantante, y la nuestra se consolidó hasta hermanarnos. Me licencié y regresé a Marbella. A los pocos meses conseguí el traslado a Melilla… y ésa ya fue otra historia.

Koly ha sido una de las grandes mentes musicales de Melilla. Desconocido para el gran público, pero “consejero” mío, además de amigo del alma, y respetadísimo por todos los grupos melillenses de aquel entonces que siempre tenían en cuenta sus criterios. Gran guitarrista y bajista, teclista también, músico de los de verdad, de conservatorio —más tarde hizo la carrera de guitarra—, con un enorme sentido de la armonía, su nombre merecía figurar con letras de oro en este libro en que se exalta a mediocres —que, eso sí: saben venderse ¡y cómo!— Y sus tres hijos, Rafael, Marián y Rocío,  enormes músicos. Koly falleció en Santander, en 2002 dejándonos el amor de todos los que lo conocimos. Rafael, el mayor de esos hijos, es un tremendo pianista de jazz que tiene el ilusionado proyecto de ir a Melilla con su grupo a hacer unos bolos…

Y hace poco he tenido la dicha de asistir y firmar como testigo en la boda de la menor de sus hijas, en Santander. Fue muy emotivo, realmente.

No quiero extenderme (mi verborrea…) pero resumiendo:

Formé parte de Crocks, Jaimas, Dracmas y colaboré con otros, arreglé y dirigí los Festivales de la Canción Local de Melilla (incluso canté, espantosamente, en el primero) y el Coro Voz de la Juventud…

Cuando regresé a Melilla mi contacto con los Dinguels se estrechó. Conocí a Manolo Herrera. En la tienda de su cuñado, en el Mantelete, pasábamos horas escuchando música y yo tratando de que captara las sutilezas de algunos acordes y de por qué no se podían dar notas alegremente con el bajo, a lo que tendía.

Colaboré activamente con Los Dinguels en la última etapa de éstos, aunque nunca había dejado de dar mi opinión y parecer en cuanto a acordes, cuando Antonio me lo pedía, anteriormente. Se me nombró tan oficiosa como desenfadadamente “Dinguel Honorario y a Perpetuidad” —a pesar de lo cual, en la versión original de la historia de los Dinguels ni se me menciona; según confesión del responsable del olvido, sus neuronas no están para muchos trotes…—.

Hice con ellos voces tocaba la pandereta, sustituí a bajo y órgano cuando fue preciso. Sin percibir un céntimo, por cierto.

Hacer coros con Quintana, con la gran complicidad y compenetración que existía entre nosotros fue un verdadero placer, que era lo que buscaba yo en la música, no el dinero ni la gloria.

Recuerdo que, la primera vez que me subí a un escenario, para sustituir a Manolo Herrera, bajo titular… los pantalones transmitían muy evidentemente el temblor de mis piernas.

Pero debo reconocer que me encontré, muy pronto, a gusto delante del público.

Me divertía y era feliz haciendo, junto con otros, algo que llegara a más personas. Contaré algunas anécdotas, que no figuran en el libro, del tiempo de los Dinguels.

Cuando éstos se disolvieron, le propuse a Antonio Quintana formar un grupo. Y  nacieron los Dracmas, de los que ya se habla en ese libro, aunque haré algunas puntualizaciones, ya que se restringió mucho el espacio para este grupo en sí y se dedicó a otras… cosas .

Fue una época muy feliz, con infinidad de éxitos, afianzamiento de amistades… y alguna decepción que procuro no recordar.

Modestamente, creo que Los Dracmas supusieron un punto verdaderamente álgido en el panorama musical de Melilla. Y de los Festivales de la Canción… bueno… ¿qué decir? Quienes los vivieron los recuerdan.  Y existen documentos sonoros que constatan la calidad de unas canciones y de unos intérpretes. Asumí, entusiasmado, la responsabilidad de arreglar unas canciones, la mayoría de las cuales se habían presentado con unos acordes elementales. 

El Coro Voz de la Juventud fue un episodio muy feliz en mi vida. Tomar canciones y recrearlas… moldearlas a mi estilo armónico… sacar un sonido de unas voces…

Creo que todo aquello me superó. Emocionalmente, quiero decir. Los resultados artísticos prefiero que los enjuicien otros.

…Y me marché.

Pedí el traslado a Madrid. Comencé a tomar clases de piano y armonía y repasé el solfeo… pero, con 30 años ya, trabajando con turnos desiguales, con los largos desplazamientos de la capital y las obligaciones domésticas… me impedía dedicar a los estudios el tiempo necesario, lo que me producía un enorme estrés que me impedía avanzar como yo quería. Abandoné. Estuve años apartado de la música, de la que sólo disfrutaba como oyente.

Actualmente resido en Almería.

No participo activamente en actividades musicales, y la artritis que padezco hace años me impide, incluso, tocar la guitarra. Me estoy dedicando a hacer orquestaciones, en un secuenciador informático (el primero me lo proporcionó Antonio Quintana hace  años), de las canciones de los Festivales melillenses.

Habida cuenta de mis limitados conocimientos musicales, que suplo con mi excelente oído, creo que el resultado no está mal… pero lo hago sólo por divertirme, no para pasar a la historia, y como un recuerdo permanente de unos años muy significativos, a pesar de que me supone un ímprobo esfuerzo. No me ciño a modas sino que las orquestaciones responden a mi concepción (acaso un poco demasiado “sinfónica”, según me han dicho) de la música. Ahora me van a proporcionar unos bancos de sonidos mucho más reales que los que tengo, así que espero que suenen mucho mejor.

Eso es todo. Gracias a mis amigos, a los (pocos o algunos más) que podáis acordaros de mí y de mis “movidas” musicales… y que me hicisteis disfrutar tanto. Y ya sabéis algo más del que se describe en el libro, más o menos,  como alguien en la sombra.

 

 

EL MOTOR Y LAS RUEDAS

El proyecto de editar un libro sobre la música en Melilla es antiguo, aunque ceñido a los grupos… y de cierta época concreta. El Motor impulsor se había puesto en contacto con algunos periodistas sucesivamente, según le iban fallando por una u otra razón, para tratar de mover el asunto. Yo asistí a una reunión con Miguel Ángel Roldán, que estuvo en Almería, para que lo hiciera realidad. Hasta esa entrevista ignoraba las razones por lo que  aquello no había cuajado…

Por fin el Motor del proyecto encontró unas “Ruedas” a las que transmitir su potencia: el ínclito  Sr. de Casas, aunque el proyecto de éste iba mucho más lejos de las intenciones del Motor, que no iban más allá de los grupos... de los años 60. En principio la idea me pareció fantástica y positivamente ambiciosa.

Pero este libro es confuso y tendencioso. Falsea datos y situaciones. Y no es, en absoluto, equitativo. Éste es su mayor defecto. No se ha medido por el mismo rasero a todos. Evidentemente, hay unos con mayores méritos que otros, pero estos méritos han sido “evaluados” muy… particularmente. Por otra parte, alguna de entre las fuentes  —luminosas, según parece, ya que el Sr. de Casas habla de brillos y luminarias varias, en contraposición a cierta “sombra planeadora” (pág. 175)— de las que el Sr. de Casas ha bebido información, ha confesado que sus neuronas no están todo lo en condiciones que sería deseable… En esas circunstancias no es de extrañar que haya resultado un producto sumamente mediatizado y de muy dudosa credibilidad. Y, entre las ausencias imperdonables destacan: D. JULIO MORENO (el Sr. de Casas aludió a cuestiones políticas para ignorarlo), cuya obra habría merecido un libro para él solo —voy a intentar subsanar esa descomunal injusticia—; Dª CARMEN GODOY, durante muchos años directora de la Escuela Municipal de Música —bien es cierto que tal escuela era más nominal que otra cosa, pero muchos alumnos suyos fueron, y son,  estupendos músicos—; o D. MANUEL MACÍAS, que fuera Director de la Banda Municipal y estupendo profesor de piano con infinidad de alumnos.

Me impliqué en el proyecto de tal Historia y se me pidieron muchos datos sobre diversos grupos que aporté y se me encomendó la tarea de escribir sobre Dracmas —puesto que el Motor sólo tenía tiempo y ganas para Antonio Quintana y Los Dinguels— con concisión y datos escuetos “por la falta de espacio”. Así lo hice. Luego me dijeron que no, que lo que se necesitaban eran anécdotas. El Motor me decía una cosa y las Ruedas, otra. Lo que escribía se censuraba. Incluso aportaron una versión falseada del episodio Monarquía/República (dualidad de cuya autoría sólo cabe responsabilizar a Manolo Herrera) en la que se me presentaba como una especia de ogro tiránico y despótico. Aclaré, hice recordar y rectifiqué tal episodio, pero me fue mutilado y lo firmó Antonio Quintana, aunque responde bastante a la realidad. Por lo visto, las neuronas desgastadas se habían vuelto a confundir y hecho confundir a otros… De todas formas, explicaré, al referirme a los Dracmas y con ciertos antecedentes, en qué consistía exactamente eso porque en el libro sale muy por encimilla.

Tuve que escuchar, estupefacto, de labios del Motor, que el Coro VOZ DE LA JUVENTUD —que ése era su verdadero nombre, Sr. de Casas— no figuraría en el libro porque en él sólo se recogería información de los grupos; ni de los Festivales de la Canción Local (aunque se le escapó que sí tendrían su hueco el Orfeón Padre Victoria y lo del Festival de Ultramar) y se me fueron despejando las pocas dudas que tenía.  El Motor, para remachar la cosa, me dijo que el tufillo religioso del Coro era lo que echaba para atrás al Sr. de Casas, mientras éste afirmaba que eso era mentira y que claro que tendría su hueco. Entre el Motor y las Ruedas me estuvieron mareando, echándose el uno la culpa al otro de las informaciones contradictorias que me llegaban. Todo muy calculado.

Me resultaba cada vez más evidente que se trataba de impedir que personas —no sólo yo— que sabían de primera mano de ciertos temas escribieran sobre ellos porque se pretendía dar una versión parcial que no empañara  brillos y luces predeterminadas. Me había llamado muchísimo la atención que el Sr. de Casas me dijera que Manolo Puerto no quería saber nada del tema. Lo entiendo perfectamente, a la vista de los resultados. Asimismo, en la versión primitiva de la Historia de los Dinguels, se omitió por completo mi colaboración con ellos a lo largo de más de un año. Todas las anécdotas en las que yo podría haber aparecido… se habían olvidado. Algo llamativo si se tiene en cuenta que dicha colaboración mereció, oficiosa y humorísticamente, como ya he dicho, el nombramiento de “Dinguel Honorario y a Perpetuidad” (y yo no había cobrado, en ningún momento,  ni un duro por esa colaboración que, en capítulo aparte, expondré). Luego sí que se añadió algo sobre el tema —porque a muchísima gente le habría extrañado hasta el pasmo que yo no figurara en esa historia mientras se da especial importancia al cambio de una rueda— en términos muy elogiosos que alguien se ha encargado de decir que escribí yo mismo: esa afirmación no resiste el menor análisis de  estilo literario (pero para eso hay que saber). Y como la historia de los Dinguels estaba narrada  en primera persona, hice yo lo propio con una breve reseña —la que ya figura aquí está más extendida— sobre mí mismo que, naturalmente, fue eliminada “porque era demasiado personalista”. Ese falso pretexto obligó a poner en tercera persona la susodicha historia  que, originalmente —y tengo pruebas— estaba narrada en primera persona por Antonio Quintana (a lo que yo no tenía nada que objetar porque me parecía más cálido y cercano).

En vista de las circunstancias yo también desistí de colaborar en el proyecto y le comuniqué a las Ruedas (Sr. de Casas) que no me mencionara en el libro más que de pasada y eso si era inevitable. PERO EN NINGÚN MOMENTO LE DI MI AUTORIZACIÓN PARA PUBLICAR TEXTOS QUE, previamente a mi desengaño total, LE HABÍA PROPORCIONADO. Recuerde, Sr. de Casas que envié, tanto a Ud. como a su corrector/maquetador/ymáscosas, por correo electrónico (a Ud. por Yahoo y a él por Hotmail), esos textos. Y Ud. se apropió de ellos, al igual que de fotos de Didi, según él mismo informa en esta página web. ¿Cómo se atreve a publicar algo sobre lo que no tiene el menor derecho y, además, firmar como suyo algo escrito por otras personas? Y ¿cómo puede Ud. prohibirme utilizar textos que yo he escrito? Porque sobre los Dracmas no ha escrito nadie más que yo, excepto el asunto Monarquía/República —aunque lo que yo publique aquí ahora serán otras cosas aparte de las que se ha visto reflejado en el libro—... Eso tiene un nombre, Sr. De Casas. Y Ud. sabe muy bien que puedo demostrarlo. Ha utilizado esos textos desperdigándolos por diversas partes del libro para tratar de camuflarlos, pero… los hechos son irrefutables: los textos originales los guardo como oro en paño.

Ud. sabe cómo se llama el que hace lo que Ud. ha hecho ¿verdad? Y otra cosa: la maquetación fue realizada también (en parte quizá,  aunque al principio lo negó pero luego… lo ha confirmado), por el autor de la portada, Aku, la Monja-Ninja (broma mía). También demostrable. Y se mencionan en el libro personas a las que se pensaba obviar, que si no es por mí ni figuran. El teléfono de Toni Palacín, Popy, me lo proporcionó, alguien que dijo que bastante había hecho con conseguirlo y que él no pensaba llamarle, que bastante tenía con lo suyo; así que si Popy también está en el libro es porque yo le llamé y lo puse en contacto con el Sr. de Casas  El propio Popy puede testificar este extremo. (Hay una frase escrita: “Yo escribo sobre mí… si quieres escribir sobre Koly… a quien tan unido te sientes… hazlo…”). Lo que se ha publicado, en algunos casos, sobre alguna de esas  personas no es sino parte de lo que yo había escrito y se ha usado sin mi permiso expreso. Hay cosas curiosas, como el cambio de una palabra concreta que el “corrector” de textos ha modificado, todavía no sé por qué: refiriéndome a la reacción de los oyentes cuando interpretábamos “Nowhere man”, de Los Beatles, yo escribí “irremisiblemente” y lo cambió por “irresistiblemente”… ¿Por qué, evanescente luminaria?

Me propongo, en la medida de lo posible añadir datos, rectificar errores, y puntualizar conceptos que puedan ayudar a entender no sólo lo que sonaba en los escenarios o tablaos sino lo que se cocía entre bambalinas en determinados momentos. Todo ello referente a  hechos y situaciones que sepa de primera mano y con absoluta certeza, no diciendo el primer disparate que se me venga a la cabeza ni inventándome inexactitudes, tergiversando o, simplemente, mintiendo, sobre todo por omisión,  para glorificar a algunos o minimizar a otros. Por ejemplo, Sr. de Casas… ¿de dónde ha sacado Ud. que Juan Gallardo es profesor del Conservatorio de Maastrich (pág. 224)? Eso se lo ha inventado Ud. O… ¿quizá su Musa lo ha errado? Debería Ud. contrastar la información de sus fuentes. Porque yo escribí que era “profesor de percusión en Holanda”, pero no exactamente dónde… Y no es en Maastrich.

Yo no puedo escribir sobre los Débiles, por ejemplo, porque quien mejor puede hacerlo es Didi, aunque sí de mi superficial relación con ellos y, sobre todo, con Avelino Gutiérrez —que también podría escribir sobre ellos por haber sido su mentor—  quien siempre me distinguió con su deferencia, otras consideraciones al margen.

Resumiendo: a estas alturas de mi vida —insisto— paso de pompas y vanidades. Los que necesiten alimentar su ego… pues nada: alfalfa para su ego. Unos se encargan de cobrar subvenciones y otros deambulan  errantes,  pero eso sí: con mucho brillo (y mucha alfalfa). Por mi parte prefiero seguir a la sombra que ser de ese tipo de fulgores que encandilan al Sr. de Casas. Y reincido en algo que quiero que quede bien claro: pasar a la historia de la música me tiene sin cuidado: lo que me ha roto el corazón ha sido que alguien a quien he tratado como a un hermano me haya querido arrinconar para impedir que le hiciera sombra, cuando creo que en este mundillo cabemos todos, cada uno en su parcela y nadie le hace sombra a nadie. Eso sólo está en la mente de las personas vanidosas. Pero hay, lamentablemente, a quienes no  les gusta compartir. Ni comprenden que en el mundo de la música no todos tienen el mismo cometido ni las mismas cualidades, sin que la labor de ninguna de ellas tenga por qué ser superior a la de  otras, sino simplemente distintas. Sus razones eran unas. La mía —y quienes me han conocido musicalmente lo saben muy bien—, gozar de lo que más amo en este mundo: LA MÚSICA. A estas alturas, en privado y sin necesitar que me aplaudan.

Creo que las razones por las que hay tanto descontento e, incluso indignado, con este libro, resultan palmarias. Animo, pues,  a otros a que hagan lo mismo y reparen los entuertos que ese engendro de libro ha causado.

 

LOS CROCKS

 Además de lo que figura en el libro en cuanto a este  grupo, en realidad yo estaba  preparándolos para debutar, no siendo, en verdad, miembro efectivo, puesto que yo había de incorporarme a filas en mayo de 1968. A veces trasteaba un poco el bajo para enseñarle algo concreto a Felipe. Yo trataba de que hicieran voces en algunas canciones pero no estaban especialmente dotados para eso. Antes de incorporarme a filas me dieron plaza, tras haber aprobado las oposiciones para Auxiliar de Telégrafos, en Marbella a donde me incorporé en marzo de ese mismo año. Lo que sucedió con los demás miembros del grupo, si hubo o no disensiones entre ellos, como se menciona en el libro, no lo sé. Pero el tiempo que yo estuve con ellos la relación entre todos —y la mía con Alfonso (posteriormente Dinguel) en especial— fue estupenda. Una de entre las canciones que sonaban francamente bien era “San Francisco”.

Con permiso de Amalio Jiménez, autor de letra y música,  montamos una canción: “Volveré”. En el acto celebrado en el cine Avenida en enero de ese año el cantante del grupo, no recuerdo exactamente por qué razón, no estuvo presente. A pesar de mis reticencias, hube de ejecutar (en el más amplio sentido) esa canción. Me gusta muchísimo cantar y aunque, por supuesto, afino absolutamente nunca me he tenido por buen cantante ni muchísimo menos… pero ése fue mi debut público como tal más o menos en serio. Por lo menos no me apedrearon. La segunda ocasión  fue en el I Festival de la Canción Local donde interpreté la misma canción —aunque en esta segunda ocasión mi ya de por sí nada brillante voz había empeorado, debido, sobre todo, a los ensayos, el tabaco…—.

Más tarde me enteré de que jamás habían vuelto a actuar, pero Alfonso no me dijo nada de problemas entre ellos sino de circunstancias adversas…

Alfonso luego se unió a los Dinguels, primero como guitarra y luego como teclista.  Por cierto, Alfonso, si lees esto, te prometo que la próxima vez que vaya a Melilla no me vuelvo sin verte.

 

LOS JAIMAS / SULHAM

Mi segunda incursión en el mundo de los grupos fue mi fugaz pertenencia a los Jaimas. Éramos Koly, Antonio Martín “Mojácar” a la batería, yo en el bajo. Manolo Uriel era el cantante. Guillermo Mata Rubio, tristemente fallecido, era al guitarra rítmico. Manolo tenía una gran voz que se preocupaba por educar. Pero también un gran temperamento que proporcionaba mucha garra a sus interpretaciones. Su versión de “Adoro” era memorable. Y también de “Merci, cherie” en la que Koly brillaba a gran altura con la guitarra. Yo cada vez me sentía más a gusto  con el bajo.

Al principio ensayábamos en una casa que la familia de  Aurelio, gran chico, a quien denominábamos “la mascota del Club de Juventud” (cariñosos saludos desde aquí, “sobrino”) nos cedió mientras no les fue necesaria y que estaba junto al Club.

Como en casi todos los grupos, siempre hay un amigo, fan incondicional, que soluciona los problemas, ayuda a trasladar y montar equipos e, incluso, hacer de “chico de los recados” si preciso fuere.  “Pipas” de andar por casa. En ocasiones, tratan de aprender algún instrumento… o lo tocan. Su labor anónima tiene una enorme importancia. Y yo quiero destacar aquí la de Juan Miguel Fernández, hoy residente en Málaga, que nos permitió dedicarnos a nuestro trabajo: tocar y cantar. Y él decía que, cuando acabábamos, si nos salía bien, tocaba…  las palmas.

Después de mi marcha el grupo cambió de nombre y pasó a llamarse SULHAM (de Carpa a Capa);  y por tener que abandonar la casa donde, provisionalmente, habíamos estado ensayando, Juanmi se en encargó de buscar un lugar adecuado en Batería Jota, donde él hizo sus pinitos con la batería, según me ha contado.

Nunca agradecerán públicamente, y sería de justicia,  la mayoría de los grupos, la labor de esas personas que, desde la sombra (éstas sí que lo están, realmente) hacen tanto por su infraestructura.

 

RAFAEL SANTANA LUNA “KOLY”

En estas Apostillas a la Postilla (absolutamente genial el título que le ha puesto  Didi) no podía faltar este nombre, imprescindible en la música de Melilla entre los años 1967 y 1973, más o menos, con idas y venidas. Aunque desconocido para la mayoría del gran público, era muy respetado entre el mundillo musical por sus grandes cualidades y su calidad humana. Tenía unas enormes virtudes musicales que le hacía ser oído cuando se manifestaba y sus consejos solicitados. Por otra parte, Rafa era un lector impenitente que devoraba todo lo que caía en sus manos, principalmente sobre música aunque sin olvidar otras áreas. Su cultura musical era verdaderamente importante y sus criterios… muy certeros.

Su valía musical estaba fuera de toda duda para todos los que lo conocimos. Con un sentido armónico que ya querrían para sí la mayoría de “conjunteros” de la época y muchos músicos de Conservatorio, me ayudó mucho con nuestras conversaciones a desarrollar ciertas características mías y, según decía, yo a él. El entendimiento era perfecto.

'KOLI' en el servicio militar RAFAEL SANTANA LUNA 'KOLY', durante una actuación en PALMA.DE MALLORCA
 

Llegado a este punto quiero incidir en algo a lo que acabo de referirme de pasada y en lo que estábamos absolutamente —¡claro!—  de acuerdo Koly y yo: en los Conservatorios, al igual que hay una asignatura, Piano complementario, para quienes no tocan instrumentos “de armonía” (piano, guitarra…), debería haber otra asignatura que fuera acompañamiento DE OÍDO con LA GUITARRA. Las estructuras musicales oficiales dan la espalda a algo que desarrolla el sentido armónico increíblemente. Hay muchos músicos de carrera que no saben acompañar una canción si no es con la partitura delante, como hay muchísimos músicos “de grupo” que no saben leer música. Una cosa no sólo no excluye a la otra sino que, en mi opinión —y creo que en la de mucha gente cuyo parecer he recabado— serían perfecta e inseparablemente complementarias. El aprendizaje de la armonía sería mucho menos árido y, sobre todo, se comprendería más fácilmente, al aunar la teoría con la fácil práctica que suponen las “posturas” fijas en la guitarra, la interrelación entre una línea melódica y los acordes que pueden servirles de base.  Eso es algo en lo que estábamos absolutamente de acuerdo y en nuestras largas conversaciones —en alguna de las cuales participó Quintana— y sesiones de guitarreo aprendíamos analizando las notas de los acordes o descubriendo por qué en el bajo se puede (y se debe, en muchísimas ocasiones) dar una nota y no otra, o una serie de ellas, y cómo acentúa la sonoridad y la personalidad de un acorde dar esa nota o esa sucesión de ellas —todo eso lo puse en práctica más tarde con los Dracmas y algo, también, antes sugerí y puse en práctica con los Dinguels—. Esto no es lo mismo, ni muchísimo menos, que dar notas alegremente para “exhibir virtuosismo”. Craso error: el virtuosismo no sólo comprende la cantidad de notas, sino las notas en sí, su correcta sucesión, los matices en la música, la expresión…

En la versión que Jaimas hacíamos de “Merci, Cheri”, canción vencedora en Eurovisión en 1966, Koly brillaba a gran altura con la guitarra, haciendo lo que en la orquestación original estaba a cargo de piano y violines. Esto no lo podrían haber hecho la mayor parte de los guitarristas de Melilla por una sencilla razón: para eso es necesario manejar la púa en los dos sentidos, no sólo en uno, porque así la velocidad de punteo se duplica, naturalmente. Hacerlo en un solo sentido no permite una ejecución limpia. Eso ha impedido que algunos estrellones con más reclamo que méritos reales fueran todo lo buenos que podrían haber sido. Por eso, en “Kilimanjaro”, el bajista titular de los Dinguels no trinaba en el estribillo, tal como era el bajo en la canción, porque no sabía. En algún caso aconsejé a alguno que lo ensayara así, practicando poco a poco, pero lo rechazó con suficiencia.  Koly era bueno, muy bueno. Pero no tuvo continuidad en ningún grupo por su trabajo fuera de la ciudad.

Al coincidir los dos nuevamente en Melilla, previamente a mi etapa de apoyo a Dinguels, él y yo íbamos a oírlos así como a otros grupos y siempre comentábamos cosas sobre ellos y nos imaginábamos haciendo variaciones con los acordes de las canciones… no como crítica, sino como ejercicio creativo.

La primera vez que vino de vacaciones a Melilla, ya destinado él en Palma de Mallorca y con Dracmas en pleno funcionamiento, se me ocurrió una idea y,  previa consulta con los otros y sabiendo que él acudiría al ensayo esa misma tarde, fui a ver a Alfonso y le pedí prestado, para esa ocasión, el teclado que él había estado tocando durante su pertenencia a los Dinguels.

Koly llegó al ensayo y dije que tocaría con nosotros mientras estuviera de vacaciones. A él le encantó la idea y así lo hicimos, a ratos, alternándonos a veces él y yo en el bajo y teclado. No le hizo falta apenas ensayar porque conocía la mayor parte de nuestro repertorio y eran pocas las dudas en los acordes, quizá únicamente por las modificaciones que nosotros hubiéramos podido introducir. Y disfrutábamos como locos.

Ese teclado —me recordó Alfonso cuando lo recogí— tenía una nota desafinada: Sol, si mal no recuerdo. Koly, que además de músico era maestro industrial y sabía mucho de electrónica, me dijo que era problema de una resistencia variable (eso creo recordar). Así que levantamos la tapa del teclado, localizamos la resistencia que gobernaba la nota en cuestión y la afiné con ayuda de un pequeño destornillador. Los Dinguels habían estado tocando con ese teclado en esas condiciones en los últimos tiempos, evitando Alfonso pulsar la nota. La ausencia de Koly de Melilla para proporcionarnos tal información, había impedido afinarlo antes. Supongo que alguien más podría haberlo arreglado, pero…

Disfrutamos mucho tocando juntos y nunca consintió en cobrar un céntimo de nuestras actuaciones, aunque se lo ofrecimos. Sin embargo, luego nos desquitábamos con celebraciones…

Más tarde, ya en Santander, estudió guitarra clásica… ¿qué decir? Pues que también era algo únicamente para sí mismo y para su satisfacción íntima, no para pasar a la historia, ni recibir aplausos... ni subvenciones.

Cuando se casó me dijo que si no iba a Santander para conducir su coche hasta la iglesia haría el trayecto a pie y estaba lejos… Era una forma de hablar: él sabía que, por nada del mundo, habría dejado de ir y, menos aún, estando yo ya en Madrid.

Boda de mi compadre en SANTANDER.

 

A partir de ahí coincidimos alguna vez en Melilla, de refilón casi, cuando íbamos de vacaciones. Pero era difícil: yo esperaba a septiembre para disfrutar de la feria (en la que nunca dejaba de tocar algún rato con algún grupo que me lo pedía cuando me veían, como a cualquiera de los “viejos rockeros”). Y su itinerario habitual pasaba por Málaga… Pero un año optó por hacerlo por Almería con toda su familia y permanecieron todo el día con nosotros: 15 horas en total, entre el barco de Melilla y el tren a Madrid. Exprimimos esos momentos con verdadera avidez. Luego… trece años sin vernos pero hablando todos los fines de semana —aunque confieso que el tiempo que estuve liado con la construcción de mi casa, con problemas inesperados,  lo tuve un poco abandonado—. Pero luego retomamos la costumbre. Podíamos pasarnos horas hablando de música y de mil cosas. Tanto es así que en una factura de teléfono había una llamada de un domingo por más de 1.500 pta.  Un día me dijo que tenía problemas de columna. Como a mí me habían jubilado por problemas óseos me lo describía como si se tratara de algo similar. Pero empecé a sospechar que no era así. Cuando me enteré de la verdadera naturaleza de su enfermedad, esperé unos días a acabar una obra que tenía en casa y me fui a Santander a verlo. Quintana, enterado, vino también desde Barcelona. Así estuvimos los tres juntos cuatro días. Yo me quedé un par de días más. Fue la última vez que lo vi y pude disfrutar en persona de su amistad.

Rafa tuvo tres hijos, también dedicados a la música. El mayor, pianista excepcional de jazz, tiene previsto efectuar unas actuaciones en Almería y Melilla. En octubre tuve la dicha infinita de ser testigo en la boda de su hija menor, violinista. Y la mayor toca la flauta travesera como los ángeles.

Son muchas más las cosas que podría contar y cantar de él… pero me faltan palabras.

Te echo mucho de menos, compadre.

 

D. JULIO MORENO 

Si hay alguien que habría merecido, por su obra en sí y por las consecuencias de su labor, figurar con letras de oro en cualquier Historia de la Música en Melilla sería D. Julio, relegado e ignorado, “por cuestiones ideológicas”, según se me dijo al mencionarlo. ¡En los tiempos que corren… ¡ Que haya quien, debiéndole mucho a D. Julio, oculte celosamente aquellos inicios…

D. Julio Moreno Rodríguez nació el 31 de enero de 1903 en Montalbán, Córdoba. Fue el tercero de los seis hijos de una familia de artistas y artesanos: Escultor, herrero… y músico. En esa familia todos los hermanos tocaban algún instrumento musical y formaban parte de una estudiantina, pero el único que se planteó dedicarse exclusivamente a la música fue JULIO. Con pocos años su padre trasladó a la familia a La Rambla donde arraigó.

Retrato de Don JULIO MORENO.

 

Con motivo de la guerra del Rif fue incorporado a filas y enviado a África. En Alhucemas formó una rondalla con sus mismos compañeros, actuando por los hospitales de campaña y animando a los heridos, ganándose por esa dedicación la admiración de todos y obteniendo prestigio ante sus superiores.

 
 

Acabada la guerra y tras intensos estudios musicales, solicitó permiso de sus superiores para presentarse a las oposiciones de Banda de Música Militar. Aprobó, siendo el Músico de 2ª más joven de su promoción.

Destinado a Melilla, dirigió la Banda de Música de Los Flechas Navales, que dependía de la Compañía de Mar, el Regimiento más antiguo de Melilla. La agrupación, al estallar la guerra civil, pasó a las Juventudes de Falange. Fue nombrado director de la Banda de Música de la OJE. Allí desarrolló una enorme labor didáctica, enseñando a niños que más tarde han llegado a ser magníficos profesionales.

Aunque en el libro no se menciona, probablemente por las aludidas “razones ideológicas”, EMILIO EL MORO, CATALÁ, CARRETERO (a quien conocí allí y a su hijo, por casualidad en Almería), PACO ROLDÁN —el día que le oí tocar en la tuba las Czardas de Monti me quedé, literalmente, boquiabierto— hermano de Miguel Ángel; MULLOR, VICTORIANO (“Viriato” para los amigos)…  La lista de magníficos músicos que dieron sus primeros pasos en el local de la calle Alfonso XII, en el Mantelete (casualmente, la calle en la que nació mi padre) sería extensísima.

Don Julio tenía un don especial para tratar a los niños a los que, pese a su seriedad y severidad, trataba cariñosamente e inculcaba los conocimientos básicos que les permitieran progresar en su aprendizaje musical. Poner un instrumento en sus manos  los animaba mucho porque el solfeo a palo seco, resulta árido. En las paredes del local había dibujos enmarcados de muchísimos músicos. D. Julio nos contaba cosas de ellos, de sus peculiaridades musicales, sus obras. Muchas veces eso era un preludio a ensayar, ese día o pocos después, alguna obra del compositor sobre el que había estado incidiendo especial y recientemente.

También formó la Tuna de la OJE que tan buenos ratos hizo pasar a muchas chicas en aquellos años… y a los tunos. Los recuerdos son impagables. Y la Rondalla de la Sección Femenina, con la que algunos miembros de la Tuna colaboramos en ocasiones.

Su vida fue siempre la composición musical, dedicándose lo mismo a la música clásica para banda y orquesta que a pasodobles, que es lo que daba dinero en esos duros años y, con más motivo, si se tienen siete hijos. Todos los años componía alguna marcha procesional que enviaba para su interpretación en la procesión de Nuestro Padre Jesús en La Rambla. También fue un magnífico instrumentista llegando a ser un virtuoso del clarinete.

De intensa y fructífera carrera musical fue distinguido con la medalla de Oro a la Constancia en el Trabajo y la Medalla de Oro de la Orden de Cisneros, siendo miembro, además de la Sociedad de Autores de España, de la de Bélgica, que agrupaba a los autores europeos.

Además de música, D. Julio nos enseñó algo que los que fuimos sus alumnos aprovechamos porque es la única forma de progresar: la disciplina y la constancia en el trabajo. Los ensayos sobre todo. La música no es, por ejemplo,  llegar a un escenario poner el amplificador a toda mecha —a ver si se me oye más que a los demás— y empezar a soltar notas, muchas notas, para deslumbrar al personal y a ver cuántas niñas suspiran por uno. Eso… es el oropel con el que sueña el que no es músico de verdad.

A aquel vivero de música fui yo con 15 años, animado por Moncho Morán y otros amigos, para aprender a tocar la guitarra y entrar en la tuna. Pero lo primero fue un examen que me hizo D. Julio a ver cómo andaba yo de lectura musical. Debió de ir bien la cosa, a pesar de los cuatro años en blanco,  porque inmediatamente me dio fue un clarinete y me puso a soplar. Mi madre puso el grito en el cielo porque, según ella, eso me haría enfermar de los pulmones. Pero nuestro médico y buen amigo, D. Francisco Gámez Morón, la tranquilizó y le aseguró que, en cualquier caso, era un magnífico ejercicio para los pulmones. No obstante, a mi madre seguía sin gustarle el tema de la Banda y D. Julio le hizo una visita. Nunca sé de qué hablaron pero mi madre me dio permiso inmediatamente para ir. En la Presentación hablo de ese período.

Don JULIO MORENO con su banda de la OJE, frente a la Iglesia Castrense de MELILLA. 1.-Portillo (simultaneaba la tuba con la guitarra clásica, amén de ejercer magníficamente la pintura y el dibujo), 2.-Pepe Rodríguez 'Moyi-la', 3.-Antonio Gea Bertuchi (Bombardino), 4.-Paco Roldán (Tuba), 5.-Hilario Martínez (Saxofón y Trompa), 6.-Juan Aranda López (Trombón), 7.-Viriato (Clarinete), 8.-Antonio Rodríguez 'Añoño' (Hermano de Moyi-la). (Trompeta), 9.-Manolín Moreno (Requinto), 10.-Enrique Moreno (Clarinete), 11.-Mullor (Clarinete) y 12.- Bernardo Marfil Fuentes 'Berni' (Clarinete).

 

En la Banda tocábamos obras de todo tipo, no sólo las consabidas marchas militares o pasodobles. Interpretábamos obras de mucha enjundia. El día que me tocó hacer un solo en el Andante Cantabile de Tschaikowsky… yo no sabía ni que lo estaba haciendo. Sólo toqué lo que leía. D. Julio me apreciaba mucho y me animaba constantemente.  ¡Y lo que me costó, siendo tan novato, enfrentarme a los arpegios en el Preludio de El Anillo de Hierro que en la versión orquestal corre a cargo del arpa! Y el infinito placer al descubrir, tocándola, la Incompleta de Schubert… y tantas obras maravillosas.

Un día cogió una guitarra e hizo que yo siguiera los acordes que él ponía mientras silbaba una melodía. Era una preciosa Serenata compuesta por él. La aprendimos unos cuantos y luego la tocamos de distintas maneras: Con oboe, flauta, violín, chelo… siempre con acompañamiento de guitarra. Nos hizo un arreglo para ello y la tocábamos en grupo. Nunca olvidaré esa magnífica pieza.

De los hijos de D. Julio que yo conocí: JULIO, magnífico cantante y solista en el Orfeón Padre Victoria; ENRIQUE, Primer Clarinete de la Banda, Directotr, guitarra y voz solista de la Tuna; y MANOLO, gran amigo, Requinto de la Banda y magnífico violinista quien. estoy seguro de ello,  de haber vivido en otras circunstancias, habría llegado muy lejos.

Enrique también formó una tuna en el Colegio de La Salle. He tenido noticias de eso y de la gran labor que hizo allí, pero no conozco muchos detalles. Si alguien los conoce sería de justicia que lo publicase en esta página…

También estuvieron en la tuna Amalio Jiménez, Moncho Morán, Antonio Martínez Gallurt, Tony (no recuerdo el apellido, sólo que trabajaba en el León de Oro), Rafael Castillo —que vive a seiscientos metros de mí en la actualidad y al que reencontré al cabo de treinta y tantos años—, Montero, empleado de Óptica Roca y magnífico base de baloncesto pese a su estatura… He mencionado que trasteé el laúd. En efecto: al montar “Pepita Greus” me hicieron aprender a tocarlo porque Enrique consideró que podía adaptarme bien, por leer música, y así hacer el contrapunto final a cargo de ese instrumento. Don Julio y su entorno me hicieron  pasar tres años muy felices en los que aprendí muchas cosas, sobre todo de oírle hablar y disertar sobre temas de armonía, lo que me hizo familiarizarme con muchas expresiones y aplicarlas a lo que escuchaba… y, más tarde, toqué y “arreglé”.

Cuando D. Julio falleció se llevó consigo una etapa importante de mi vida. Yo tenía en mi casa el violonchelo con el que practicaba y me apresuré a devolverlo a su lugar. Ese acto de la más elemental honradez me hizo quedarme sin un magnífico instrumento. Probablemente era una imitación, pero en el Interior llevaba una pegatina: “Antonius Stradivarius Cremonensis fecit…” y el año, que no recuerdo. Pero, realmente, era un instrumento fuera de lo común. Luego supe que dos monitores de la OJE los vendieron todos, los de la banda y los de la tuna… para su lucro personal. Cuando me enteré maldije ser honrado… pero cada uno es como es. Su hijo Manolo me regaló luego un violín que guardo como oro en paño.

Le debo a D. Julio haber profundizado en la música, aprendido a gozar aún más de ella por tanto, afianzado en mí los pocos conocimientos que poseo y ampliarlos  y, sobre todo,  gran parte de los ratos más felices de mi vida. Y el que ama la música sabe a qué me refiero. Nosotros tocábamos por placer, porque no cobrábamos absolutamente nada. Luego en los grupos era otra cosa, porque había que pagar un instrumental. Una vez pagado… bueno, cada caso es distinto.

Gracias, D. JULIO por haberme hecho descubrir tantas cosas maravillosas de la música.

 

 

MIGUEL ÁNGEL ROLDÁN

Conocí a Miguel Ángel Roldán, como músico, en la Banda de Música de la OJE, dirigida por D. Julio Moreno. Vivíamos bastante cerca y nos conocíamos superficialmente con anterioridad. Él llevaba en la banda desde los 9 años y tocaba el fliscorno magníficamente. Tío simpático y jovial, siempre tenía una sonrisa presta. Al cabo de cierto tiempo, cuando tenía sólo 13 años,  fue “fichado” por la Banda Municipal, cuyo director era entonces D. Manuel Macías —otro gran olvidado en el libro en cuestión aunque yo apenas lo traté por lo que no puedo hablar de él— como músico-educando y allá que se fue. Pero no sólo no nos perdimos de vista sino que solíamos charlar con mucha frecuencia en el Parque Hernández, donde solíamos coincidir y hablar de música. Por cierto: los datos que aparecen con la foto de la Banda de la OJE, identificando a varios de sus miembros,  los ha aportado Miguel Ángel. Yo tengo más memoria para las caras y los hechos que para los nombres.

Cuando yo vi por primera vez a los Débiles él ya no estaba en la formación y sí Pozo (Pocito, como lo llamábamos). Yo iba mucho a los bailes de los domingos en el Casino Español —y no sólo por bailar, que también, sino porque me gustaba escucharlos, analizarlos, aprender sobre todo…—.

Miguel Ángel había sido atraído al círculo de los Dinguels donde comenzó con la guitarra y poco después intercambió con Víctor el instrumento, haciéndose hizo cargo del bajo pronto. Por sus conocimientos y entrenamiento musicales muy pronto destacó como bajista excepcional.

Entonces los Débiles eran los rivales de los Dinguels por detentar el cetro musical de la Melilla “conjuntera”. Cada cual tenía “su cosa”. De los Débiles me gustaba la sonoridad que el teclado aportaba al grupo y un sonido compacto, con AMADOR  aportando su calidad como cantante, si bien no hacían voces. Lo contrario de los Dinguels. Mis preferencias se decantaban más por éstos, sobre todo por mi amistad con Antonio Quintana y Miguel Ángel  Roldán, y por las voces. Yo hablaba de música mucho con los dos, que era con quienes más confianza tenía.

Miguel Ángel Roldán ha sido, sin duda alguna y siempre en mi opinión, el mejor bajista —a años-luz de cualquier otro— que ha habido en Melilla. De familia de músicos, agilísimo de dedos, limpio en la ejecución como ninguno, con técnica y, además, hacía voces. Y, sobre todo, con criterio musical. Era mi ídolo puesto que yo siempre sentí una atracción especial hacia el bajo. Cuando alguna atracción foránea necesitaba por cualquier razón un bajista le plantaban la partitura delante y él tocaba sin pestañear. Creo que esto ha habido alguno que no lo ha digerido. Miguel Ángel ha sido relegado en el libro en favor de alguna luminaria con intermitencias. Además, se agigantaba en el escenario tocando y cantando sus voces, marcando el ritmo con su cuerpo sencillamente, sin alardes excesivos y sin publicidad gratuita extra.

Yo estaba fuera de Melilla cuando me enteré de que Miguel Ángel había abandonado los Dinguels. No sabía la razón, pero más tarde, hablando con él, comprendí que su espíritu inquieto necesitaba nuevos horizontes tras el fallido intento de Dinguels de trasladarse a Mallorca, como se menciona en el libro,  así como por cierta apatía aparecida en el grupo por la mencionada razón. Así que se decantó por un tipo de música más vanguardista y “cañera” que la de los Dinguels y “se pasó al enemigo”, que ya no eran Los Débiles sino Los Estrellas, que emergían con fuerza.

En su etapa en los Estrellas continuó mostrando su calidad instrumental, si bien los Estrellas prescindían casi por completo de las voces y su estilo era radicalmente opuesto al de los Dinguels. Aunque nuestros caminos siguieron derroteros muy distintos, siempre nos llevamos maravillosamente, compartiendo ratos muy divertidos. Y pese a alguna discrepancia en cuanto a actitud… siempre nos hemos respetado profundamente y yo seguí admirando su categoría instrumental —además de nuestra magnífica relación personal—.

En el libro se desliza algún comentario negativo sobre algún episodio puntual de su etapa con Los Estrellas: no me sorprende lo más mínimo.  Lo mismo que se intentó colar conmigo una versión falsa y tendenciosa, totalmente a la inversa, acerca del tema Monarquía/República. Es como aquello de “El que se mueva no sale en la foto”. Y se ve que determinadas personas no hemos permanecidos  tan inmóviles  como habría deseado el fotógrafo y hemos sido, por una u otra razón, anatematizadas por el autor. O…

Pero para mí la imagen de Miguel Ángel Roldán sobre el escenario, tocando el bajo como sólo él lo ha tocado en Melilla (al menos hasta donde yo conozco, realmente, aunque no creo que ninguno lo haya superado) y haciendo voces…  ese recuerdo es indeleble.

 

 

 

CONSIDERACIONES INTERMEDIAS 

Llegado a este punto de mis apostillas y releídas las mismas… debo decir que, la verdad, no pretendía que esto fuera así. Sólo quería rectificar errores del libro, compensar injustas omisiones y dejar algunas cosas en su exacto lugar. Pero… afluyen los recuerdos en tropel, me envían gran cantidad de mensajes y recibo llamadas telefónicas animándome a seguir con mi narración. Y me suministran información. Y está saliendo una crónica, siempre desde mi punto de vista o gracias a la ayuda de fuentes fiables, de acontecimientos ignorados en el libro o minimizados. Al final se está convirtiendo en una especie de Memorias Musicales de mi vida. Bueno, mientras me lo consientan… Además, de otra forma jamás habría escrito nada de esto.

Si yo hubiera tenido intención de explayarme tanto, habría empezado por incidir en mis primeras vivencias, emociones y sentimientos en el coro del Colegio de La Salle que menciono en mi Presentación —ya he dicho que, durante mi pertenencia al mismo, tuve dos directores, el Hno. Fidel y el Hno. Jorge: dos estilos radicalmente opuestos pero ambos igualmente eficaces; el Hno. Fidel nos hacía vocalizar unas cuantas sesiones al inicio de cada curso para reeducar la voz—.

El recuerdo de un nudo que me atenazó la garganta y me impedía cantar la primera vez que participé en una canción a varias voces, embargado por la emoción;  de cómo sonaba todo aquello alrededor de mí... todo eso me invade ahora de nuevo. Y sí: se cantaban cancioncillas más o menos intrascendentes, aunque algunas tenían una complejidad de voces impactante, pero, sobre todo, recuerdo las tres misas que cantamos —lógicamente, al ser de un colegio religioso, aunque ¿qué coro no ha cantado algo de este tipo? el arte está plagado “gracias a Dios” de manifestaciones artísticas que sólo se entienden desde la perspectiva de la religión, y no me refiero sólo a la música—. Eran la Misa Gregoriana, la  del Santísimo Sacramento nº 2, de José Ribera Miró, y la II Pontifical de Perosi. Estas dos últimas con una pequeña orquesta. La primera vez que la cantamos… no habíamos ensayado con los instrumentistas más que un día. Pero nos salió maravillosamente. Habíamos trabajado y ensayado las voces a conciencia y el acompañamiento orquestal no hizo sino darnos más seguridad… y mayor emoción.  

Recuerdo muchas de las piezas que interpretábamos. Y, sobre todo, porque fue celebradísima, nuestra versión de “La Bamba”, al estilo del Orfeón Infantil Mexicano, con un impagable JOSÉ LUIS MARTÍN JAÉN como voz solista. La grabamos en un magnetófonos de carrete, grande y bueno, y fue puesta en Radio Melilla y Radio Juventud muchas veces, incluso en los “discos dedicados”. José Luis tenía una voz espectacular y una versatilidad interpretativa que le hacía pasar del flamenco a los motetes sin el menor esfuerzo.

En 2º de Bachiller Elemental entre los cursos A y B se montó el “Romance del Conde Olinos”, narrada y con intefragmentos cantados, para un festival fin de curso. A los B nos tocó la 2ª voz. Y, a pesar de que en el coro del Colegio yo estaba en la 1ª voz (las más agudas), disfruté mucho y aprendí aún más sobre la diversidad en las voces.

Con 14 años mi voz ya estaba cambiando (las últimas intervenciones mías con el coro me resultaban dificultosas ya en Navidad, porque yo no llegaba tan arriba como antes y así que me tuve que poner con las segundas voces hasta finales de curso. No había problema porque yo me sabía todas las voces).

El curso siguiente a esto último —cuando por circunstancias muy particulares los que íbamos a hacer el Bachiller Superior de Letras tuvimos que emigrar al Instituto de Enseñanza Media— yo seguía yendo a Misa al Colegio a escuchar al coro y hablar luego con el director, el Hno. Jorge. Él sabía muy bien cuánto me gustaba cantar, incluso la rutina de los ensayos para mí resultaba sumamente placentera. Pero las normas no permitían que formara parte del coro alguien que no fuera alumno o integrante de la Congregación (los hermanos cantaban como tenores y bajos (Hnos. Wenceslao, Nazario, Lorenzo, Eladio…), mientras los niños desplegábamos nuestras voces blancas, divididas en dos y, a veces, tres secciones). En nuestras conversaciones le conté que durante las vacaciones había empezado a ir a la banda y la tuna y lo contento que estaba porque la guitarra me estaba ayudando a entender muchísimas cosas de la música, de mis descubrimientos de los acordes y de cómo echaba de menos el coro. Le revelé mis aspiraciones de retomar los estudios de música y estudiar composición y dirección. Hablamos durante pocas semanas porque se fue, trasladado, de Melilla pero me regaló la partitura de la Misa del Santísimo Sacramento 2ª antes ser relevado. Me dijo que la estudiara y comparara con lo que habíamos cantado. La conservo como oro en paño y con inmenso cariño.

Partitura de la Misa del Santísimo Sacramento 2ª.

 

Fue aquella una época del aumento de la percepción de armonías, sobre todo. Hay una característica mía que se concretó cuando aprendí a acompañar a la guitarra: al oír una canción me aprendía casi antes la sucesión de acordes que la melodía.

Amalio Jiménez estuvo también en el coro. Recuerdo unos ejercicios espirituales que nos impartió el Padre Oses en la capilla del cementerio. En los descansos nos íbamos a sentar sobre la tumba de unos vecinos míos (por aquello de la confianza) y cantábamos piezas del coro. A dos voces, claro. Una anécdota muy curiosa que no sé si alguien me sabría explicar científicamente: cuando los dos estudiábamos en Granada, una tarde íbamos por la Calle Ganivet, junto a los buzones de Correos y, de repente, los dos comenzamos a cantar una canción del coro de La Salle, que hacía años que no cantábamos, a dos voces… y en el mismo tono. Nos quedamos de piedra.

Todo esto hacía que la música fuera un despertar de emociones que, a veces, me hacían llorar. Ver “LA FAMILIA TRAPP” (la original alemana, en dos partes, no “Sonrisas y Lágrimas”, que vino después) y oír esas voces prodigiosas hicieron brotar mis lágrimas en el cine cada vez que ponían esas películas. Y hoy día sigo, la mayoría de las veces, sin poderlas contener cuando escucho el 5º movimiento de la Pastoral de Beethoven, por ejemplo. No lo puedo evitar.

Tanto el coro de La Salle, la banda de la OJE, la Tuna, Los Crocks, Dinguels, Jaimas, Dracmas, VOZ DE LA JUVENTUD… me hicieron, además, cada vez más, disfrutar de lo que es hacer música en común y valorar el papel de cada uno, sin protagonismos absurdos. Algunos no lo entienden así —lo conciben, aun inconscientemente,  como una forma de promocionarse, en el más amplio sentido de la palabra— y, naturalmente, tampoco pueden comprender a quienes sienten la música de manera diferente a la suya y por otras motivaciones. Lamentablemente, como ya he dicho, mi artritis me impide tocar, desde hace muchos años, ningún instrumento. Pero hacer orquestaciones, por malas que sean, es como trabajar con más músicos: lo que suena no es uno solo. Y eso me compensa.

Los Jaimas, como ya he dicho, tuvieron para mí especial incidencia: Lo más importante era que se había cimentado mi amistad con Manolo Uriel, Antonio Martín “Mojácar” y, sobre todo, Koly. También con Juan Fernández, aunque le perdí la pista muy pronto. Sin embargo, hace poco hemos entrado nuevamente en contacto.

Momentos así también se dieron con el coro VOZ DE LA JUVENTUD, en el que, a veces, el temblor de mis manos mientras dirigía delataba la profunda emoción cuando algún día estábamos particularmente inspirados. O cantando, ya con Dracmas, “This boy o nuestra particularísima versión de “Proud Mary”, por mencionar sólo dos.

También… me está resultando gratificante revivir todas aquellas sensaciones, incluso las más dolorosas. Éstas, porque no hay mal que por bien no venga. Las realmente placenteras porque lo son. No hay mucho que explicar ¿no?

Además, a mi familia le gusta conocer mis andanzas musicales que de palabra no habrían conocido —no soy muy proclive a las batallitas verbales—, probablemente, más que de soslayo.  Aunque ellos saben, perfectamente, cómo soy musicalmente. Y como persona, claro.

Estoy narrando las cosas que conozco, las que me recuerdan (de hecho, tenía confusiones en la historia del Coro VOZ DE LA JUVENTUD, debido a hechos paralelos y semejantes que me despistaron al cabo de tantos años) y las que me ayudan a recordar. Gracias a amigos he ido reviviendo y exponiendo las cosas como  fueron. No obstante, todo es muy subjetivo y lo que yo veo de una manera otros la verán desde otra perspectiva. Todos estamos en nuestro derecho. Lo que no me parece de recibo es tergiversar u omitir deliberadamente hechos, achacando, por ejemplo, al deterioro de unas neuronas olvidos que creo imperdonables, sencillamente porque no son tales olvidos; ni las omisiones  y recortes por, supuestamente, falta de espacio.

Hay, por otra parte, que tener en cuenta que yo estuve tres años en Granada y, tras un año y pico en Melilla, entre mi destino en Marbella y el servicio militar, algo más de dos años, por lo que hay cosas que no las he vivido y, por lo tanto, no puedo, ni debo, hablar de ellas. Creo que el Sr. de Casas debería haber hablado de lo vivido, presenciado “in person” o basado en aportaciones de fuentes fiables y no interesadas. No ha sido así.

Si alguien se siente ofendido por mis opiniones e impresiones, lo siento. No hay ningún ataque personal sino aclaración de determinados aspectos de situaciones cuyo conocimiento está sorprendiendo a bastantes personas. Y también haciendo extraer conclusiones a otras que, ahora, se explican secuelas de otros hechos que no acababan de entender (y lo que queda). En determinados momentos hubo cosas que afectaron, incluso, a mi salud.

Bueno, pues, seguiré con mis entregas.

Y, por supuesto, Didi tiene la página a disposición de quien quiera puntualizar o rectificar algo, así como a revelar cosas ignoradas  o que yo haya olvidado. Mis neuronas ya no están en garantía… (Yo también tengo derecho a esgrimir esto, aunque no como pretexto, sino como causa real; o… ¿no?)

¡¡¡ VIVA LA MÚSICA!!!

 

 

CORO “VOZ DE LA JUVENTUD”

La historia de este coro, tal como aparece en el libro, contiene  bastantes errores, empezando por el nombre. Después, alguna fecha y circunstancias

No sé exactamente cuándo empezó a funcionar el coro. Entre mayo de 1968 y agosto de 1969  estuve haciendo la mili y la única actividad que desarrollé fue un mes, al final, con los incipientes Jaimas —una lesión en un pie que me tuvo enclaustrado otro mes y luego mi reincorporación a mi destino en Marbella impidieron mi continuidad en el grupo—. En el Coro se cantaban algunas canciones que yo apenas conocía y durante unos paseos dominicales con ellos, de militar,  fui aprendiendo las que ellos cantaban.

Al licenciarme regresé a Marbella. Desde allí fui mis amigos miembros del coro me comentaban sobre su desarrollo, porque sabían mi interés sobre cualquier cosa referente a la música. Entonces las canciones se interpretaban a una sola voz, excepto alguna a dos voces muy obvias. El padre Ernesto (con quien coincidiría, en el 74, en Chafarinas) se había encargado de coordinar “administrativamente” el proyecto o eso me dijeron.  Tengo entendido que no había un verdadero director musical —aunque imagino que sería Quintana quien marcaría la pauta instrumental y de voces— ya que se esperaba mi traslado desde Marbella, solicitado ya, para que me hiciera cargo de la dirección. Yo no tenía en mente nada de eso pero parece ser que era algo asumido naturalmente por los miembros que más me conocían en mi vertiente musical (Quintana, Koly, Moncho…) De todas formas creo que algún miembro más del coro habría estado capacitado para haberlo hecho…

Asumí la tarea, conforme a mis ideas, de dividir las voces  y se amplió un poco el repertorio (incluyendo dos canciones, “Gracias” de Augusto Algueró y “Congratulations” (Eurovisión 1968, Cliff Richard) —que había arreglado (e interpretado con otros dos compañeros de mili) en el Campamento Álvarez de Sotomayor, en 1968; conservo una pequeña cinta con grabación en el Campamento de algunas canciones—.  Se había incorporado al coro Antonio Canto (Menti) que aportó su inmensa calidad como guitarra de acompañamiento.

En el campamento ÁLVAREZ DE SOTOMAYOR. Año 1968.

 

Con motivo de la jubilación (no recuerdo exactamente la fecha) de D. Antonio Segovia, párroco de la Iglesia Arciprestal del Sagrado Corazón, se organizó, con bastante improvisación y pocos ensayos, un coro mayor que el nuestro, que actuó durante el oficio religioso habido en el Sagrado Corazón con tal motivo.  No hubo guitarras ni nada de eso pues el Padre Segovia era enemigo de esas “modernidades”. Había miembros del Orfeón Padre Victoria, del Club de Juventud Melilla,  de… “habituales” de la parroquia… Yo tuve la osadía de “perpetrar” el acompañamiento en el armonio, que apenas si había tocado antes, y de canciones que yo no conocía por lo que me hube de inventar muchos acordes. Lo de siempre, vaya. Varias de aquellas canciones engrosaron, a continuación, el repertorio del coro al hacerse Quintana con el disco que las contenía. No obstante, no se copiaron sin más, sino que le dimos nuestro sello, sobre todo en lo referente a  acordes y, por tanto, las voces.

La Misa de la Juventud se celebraba en principio en la capilla de la Cruz Roja y lo cierto es que cada vez acudía más gente. Jubilado D. Antonio Segovia hubo de trasladarse  toda la “tropa” al Sagrado Corazón, con más capacidad. Durante esa época tuvo lugar nuestra aparición, así como de otros grandes artistas melillenses en el programa de TVE España en Directo, conducido por Tico Medina.  En la pág. 198 del libro se ve una foto durante el rodaje de dicha aparición (en play-back, por cierto, puesto que el sonido se grabó en la Cámara de Comercio). Y el que dirige el coro en la foto superior de la pág. 198 soy yo. La última canción que montamos  fue “Un mundo mejor”. No recuerdo el grupo que la había grabado, pero la verdad es que nuestra versión quedó muy bien, con voces empastadas y armonía definida y cuidando los matices.

 Además de ensayar bastante y tomarnos el Coro con seriedad, siempre había tiempo para las bromas y las risas. Aunque como me han dicho: en los ensayos era un “poco cabroncete”. Pero si ser cabroncete es tratar de que, mientras se ensaya con las sopranos o con los bajos,  no haya una banda de cotorras con una cháchara infernal —hasta el punto de tener que poner días separados para ensayar las distintas voces a la hora de montar nuevas canciones (cosa bastante habitual, por otra parte, en la mayoría de las formaciones musicales)— y poder aclararnos: pues sí, fui un cabroncete (si bien todos reconocen que, de no haber sido así, no se habrían logrado los resultados que se obtuvieron; y lo mismo vale para Dracmas). A mí, al menos, se me ve venir pero líbrenos Dios de las aguas mansas…

Conservo una enorme amistad con muchos miembros de aquel Coro con los que no he perdido contacto: el año pasado asistí a la boda de Yolanda, la hija mis queridos TRINI y JUAN CARLOS, en La Viñuela (Málaga) —no puede asistir, hace años, a la del mayor, Juan Carlos, por un viaje a Murcia coincidente con un asunto, musical de mi hijo—; así como de los dos hijos, Miguel Ángel y Nacho de los inefables LILI y MIGUEL ÁNGEL en Granada y Melilla respectivamente. En los acontecimientos de Málaga y Granada coincidí en la misma mesa con MENTI, con el que tuve ocasión de hablar largo y tendido porque hacía cuatro años que no nos veíamos. En la semana que permanecimos en Melilla mi mujer y yo fuimos contra reloj por la cantidad de amigos, familia aparte,  que no quería dejar de ver porque se habrían enfadado. Con quien más estuvimos fue con el PATATA y familia. Y también vimos a PACO BRAVO y, por fin, pude dedicarle bastante tiempo a MANOLO MORENO, hijo de D. Julio. Y recientemente hemos tenido el placer de comer en Almería con la viuda de Moncho Morán, con la que ya habíamos coincidido en Granada, Málaga y Melilla, y luego vernos con la hermana de éste y familia.

Y era un cabroncete...

 Lo pasábamos de maravilla. El buen humor, la camaradería y las ganas de divertirnos siempre nos acompañaban.

Un día puse un cartel en la puerta de la Iglesia de la Cruz Roja:

HOSTIA’ S CLUB presents:

BERNARD von LORITEN and HIS SHOW

Starring: PACO RUBIO (el sacerdote, gran amigo,  que entonces nos acaudillaba, si bien no puse su nombre sino un apelativo cariñoso que le dedicábamos en broma y que voy a omitir por respeto)

Fue algo irreverente pero hasta el cura se rió con ganas. Sólo estuvo puesto el tiempo imprescindible para que los leyéramos todos los del coro. Existe una anécdota sobre El Padre Rubio con Antonio Guijo y conmigo un Viernes Santo… pero mejor no la cuento.

De ahí surgió la idea de ponerle un nombre al coro. En principio iba a ser Coro de la Juventud, pero luego  se nos ocurrió VOZ DE LA JUVENTUD y gustó más, aunque, curiosamente, algunos “no recuerdan” ahora ese nombre...

Los domingos, después de misa, nos íbamos todos juntos a desayunar. En el tiempo de existencia del Coro, pasamos por el Bar Zaragoza, Puerto Rico, Café Correos y no sé si me dejo alguno en el tintero por no pertenecer yo aún al coro. Curiosamente, ninguno de los tres bares existe ya —el primero en desaparecer fue el Zaragoza, por lo que el orden que figura en el libro al respecto es inverso: yo vivía algo más abajo del Zaragoza, así que lo sé muy bien—. Cantábamos, nos reíamos… La verdad es que armábamos un escándalo considerable. Cuando barruntábamos que empezaban a cansarse de nosotros… emigrábamos a otro bar.

Entre las anécdotas que se me vienen ahora a la memoria:  un día,  en la Cruz Roja, a punto de salir de la sacristía al presbiterio, donde cantábamos, llegó VITO, una de las integrantes del coro. Dijo que “venía corriendo para no llegar tarde y que, de la carrera, venía mareada”. La inevitable y espontánea respuesta, con voz estentórea,  de Moncho y mía fue: “Mareaaadaaa…   ¡¡¡ BORRAAAAACHAAAAAAAA!!!” Gran jolgorio en la sacristía, lo que provocó que desde el interior de la iglesia nos sisearan, a modo de reconvención. Y eso quedó como una muletilla entre nosotros.

En septiembre de 1972 tuvo lugar la visita pastor del entonces obispo de Málaga, Monseñor Suquía Goicoechea. El coro se disponía a cantar en la misa que él iba a celebrar en el Sagrado Corazón… pero lo que yo definiría como el “estamento beatífico” de la parroquia se apoderó del presbiterio y tuvimos que amoldarnos a su forma de cantar y renunciar, de nuevo, al acompañamiento habitual. Yo volví a torturar a los asistentes con el armonio.

Otro buen recuerdo, consecuencia de la labor en el coro, se refiere a una gran amiga, Encarnita Sáinz Cantero, TATITA para los íntimos, compañera que fue en la Academia de música de Dª CARMEN GODOY y también profesora particular mía a principios de lo que entonces era el bachiller. Ella era maestra y, habiendo oído el Coro y sabiendo que los arreglos los había hecho yo,  me pidió que le hiciera uno de un villancico para un concurso entre Colegios en las Navidades de 1972. Ella sabía mucho más música que yo porque tenía la carrera de Piano, Armonía y todo eso y así se lo razoné, por entender que ella estaba, lógicamente, mucho más preparada que yo. Pero ella insistió…  Y “arreglé” el inevitable “Noche de Paz”, con acordes no muy habituales en las versiones que yo había oído. El arreglo quedó muy bien (al parecer) y su Colegio se llevó el primer premio. La verdad es que los niños cantaron muy bien y ella los dirigió estupendamente. En agradecimiento, me regaló un precioso cenicero de cristal de Murano que conservo con todo el cariño del mundo. Yo también le estoy muy agradecido porque disfruté muchísimo con aquello. Ese arreglo quería haberlo montado las Navidades siguientes con el coro pero entonces tuve que ir en comisión de servicio a Chafarinas y todo quedó en suspenso. Una pena. También tenía preparada una versión de “Adeste, fideles” que tampoco se pudo hacer.

MONCHO MORÁN—voz solista en numerosos pasajes— reciente y tristemente fallecido, amigo de la infancia e importante presencia en parte de mi vida fue quien se hizo entonces cargo del coro. No sé el tiempo que estuvo a su frente pero no creo que fuera mucho puesto que marchó a Barcelona. Moncho tenía una gran voz. Además, también era músico de escuela: tocó la flauta travesera en la banda de música de la OJE —a la que pertenecía una flauta de ébano a la que le sacaba un sonido excepcional—  y la guitarra en la tuna hasta que ingresó en el Ejército. La falta de instituciones y organismos adecuados frustró la evolución musical de personas con gran talento, como el propio Moncho, con el que disfrutaba cantando canciones del Dúo Dinámico que, realmente, nos salían bastante bien. Y junto con VICTORIANO (“VIRIATO” para los íntimos), gran músico, compañero en la banda de la OJE y la tuna, nos atrevíamos Moncho y yo con canciones de Los Panchos y otros grupos con voces. Victoriano tocaba el violín, clarinete, la bandurria, el laúd y la guitarra, que yo sepa. En todos ellos alcanzó gran altura, dedicándose luego profesionalmente a la música en una banda militar, donde obtuvo plaza por oposición. No sería el único en descollar entre todos los que empezaron a formarse con D. JULIO MORENO.

También recuerdo especialmente un día que Quintana no pudo asistir a la misa. Yo cogí una guitarra y Moncho estuvo dirigiendo. Al comenzar el Santo, Menti lo hizo como solía. Instintivamente, opté por marcar un ritmo cruzado con el suyo en la introducción y en otras partes y él me miró sonriendo con complicidad.

 Me mantuve como director del coro desde abril de 1970 hasta octubre de 1973 —lo que en el libro se describe de aquesta guisa: “Bernardo Marfil dirigiría el coro una temporada” (pág. 196); Sr. de Casas…  o las neuronas de sus fuentes están peor de lo que éstas creen o… tergiversan, al minimizarlos deliberadamente, los hechos —, fecha en la que marché en comisión de servicio a Chafarinas. So pena que sea usted, que se inventa lo que le parece… o eso me han dicho.

Una actuación de las mencionadas en el libro fue la que destinó sus fondos a los damnificados del terremoto de Nicaragua. Ese Festival, que tuvo lugar en el Teatro-Cine Perelló, en diciembre de 1972, supuso la última actuación de Dracmas. Por la fecha del Festival, que figura en el libro fácil es comprobar, una vez más, que los datos que se dan en él se ofrecen sobre el período de existencia del coro VOZ DE LA JUVENTUD son erróneos.

En aquella ocasión, cuando estábamos situándonos para cantar “Viva la gente”, se nos coló en el escenario un “espontáneo” y se colocó donde le pareció. La apertura del telón evitó que lo echara de allí con cajas destempladas, pero deslució bastante la actuación al cantar lo que le parecía, no lo que habíamos ensayado horas y horas, desorientando y arrastrando a los bajos. Por cierto: hoy día él sigue pensando que estaba en su derecho y que yo no lo tenía para echarlo… y no deja de reprochármelo. Por lo visto, también por eso era “cabroncete”…

 El coro, como se dice en el libro, no sólo cantó en misas “normales”, sino también en bodas, habiéndolo hecho en algunas de miembros del mismo, como la de Antonio Guijo —con un recibimiento apoteósico, ya en la Iglesia de San Agustín, a Paco Rubio, que vino expresamente de su destino en Málaga para oficiar la ceremonia, lo que daba mayor emoción a los actos.

El verano de 1975, a punto de marchar a mi nuevo traslado a Madrid, conseguí reunir a buena parte de sus componentes —algunos, emigrados ya, de vacaciones en Melilla— y organicé una sesión de grabación en el Sagrado Corazón. La iglesia estaba cerrada, al ser por la tarde, por lo que todo transcurrió sin interrupciones ni presencias espontáneas ajenas. Interpretamos las canciones más representativas de nuestro repertorio, si bien faltan algunas como “Un mundo mejor” que nos quedaba espectacular, pero en agosto, durante unas vacaciones agotadoras de playa y bebidas frías, y sin ensayos desde hacía tiempo… las gargantas no estaban para muchas heroicidades. También grabamos “Nosotros venceremos” que dirigió Moncho, también de vacaciones, ya que él la había montado y yo agarré el bajo e improvisé algo bastante espectacular pero lleno de fallos, tanto por la improvisación en sí como porque hacía más de un año que no tocaba el instrumento, lo que provocó en mí una especie de desafuero… Esto apoya mi postura sempiterna en cuanto a que eran necesarios muchos ensayos e improvisaciones las justas. En esa grabación intervino Rafael Santana “Koly” (también de vacaciones) al órgano, quien también tuvo que improvisar lo suyo, puesto que ya no residía en Melilla y conocía las canciones pero no las había tocado nunca en un teclado y algunas canciones se montaron en ausencia suya de Melilla. Pero eso para él no era problema.

La disolución del Coro se produjo entonces, puesto que ya eran bastantes e importantes las ausencias aparte de la mía: Koly, Quintana, Moncho, Mari Trini, Juan Carlos y Trini, Toñi León…

En la carátula que yo mismo confeccioné para la casete  figura el nombre VOZ DE LA JUVENTUD. Hice copias para Koly, Quintana, Menti, creo que Antonio Guijo y no recuerdo si  para alguien más… De la cinta, quiero decir. De la carátula no recuerdo.

Carátula del cassette del coro VOZ DE LA JUVENTUD.

 

Conservo esa grabación, que quiero pasar a CD, como oro en paño por los momentos tan felices que trae a mi memoria y que me siguen llenando de regocijada emoción.

 

 

“DINGUEL HONORARIO A PERPETUIDAD” 

Como he dicho, mi relación musical y de amistad con Quintana fue siempre muy estrecha. Durante una bastante larga etapa colaboré (entonces sí en la sombra, Sr. de Casas) con él discutiendo y probando acordes y dando mi opinión cuando me la pedía. Todo ello en pro de Los Dinguels.

Miguel Ángel Roldán me hizo recordar lo que sigue, que creo que tuvo lugar en el 67: “…De todas las maneras tu "relación" con Los Dinguels la recuerdo desde mucho antes de irme. Concretamente recuerdo en un Festival (Cine Avenida) donde tú le hiciste a Antonio (Quintana) una valoración sobre afinado, coros, etc., de nuestra actuación. Recuerdo que andabas sentado junto a Angel Mario…”

Por otra parte, en los Dinguels no sentó nada bien el cartel del mencionado Festival donde la actuación de Didi figuraba como “Estelar” (pág. 175 del libro). A uno, concretamente, aquello pareció afectarle más que a los otros… Sabiendo que Didi emprendería en breve viaje a Málaga para no volver y la amistad que tenía con Avelino Gutiérrez —otras consideraciones aparte— así como su calidad como músico… me parece un bonito detalle aunque entiendo aquellos celillos de juventud.

Lo mencionado por Miguel Ángel Roldán se corresponde con lo expresado en mi Presentación sobre mi relación con Quintana con y sin  los Dinguels, durante muchos años: hasta su marcha de Melilla. Él confiaba en mi criterio y yo, al esforzarme en escuchar y tratar de ver en qué podían mejorar, iba aprendiendo. También intercambiaba opiniones con Koly con lo que íbamos abriendo nuestra mente y oídos a acordes nuevos para nosotros.

No obstante procuraba mantenerme en un discreto plano porque pensaba que, quizá, a algún miembro del grupo no le hiciera mucha gracia. De todas formas, eso a Quintana le traía sin cuidado: él iba a lo suyo.

Yo admiraba el estilo fino y elegante de Quintana en la guitarra, con buen sentido del contrapunto. No era vibrante o con garra como lo fueron el de Manolo Puerto o Paco Bravo, pero fue el guitarrista idóneo para Dinguels, Dracmas, el Coro y otros menesteres y tenía bastante sentido armónico. Era el guitarrista de su época. Evidenciaba sus preferencias por el rock clásico y el country. Y los Beatles, naturalmente. Nos compenetrábamos y coincidíamos en muchos de nuestros gustos, si bien diferíamos en otros. De sus cualidades como guitarrista  creo que todo está ya dicho en el libro.

Me gustaban la voz de Miguel Ángel y su prestancia en el escenario. Tablas y facultades. Y fue ampliando el registro. Para mí fue, además,  una sorpresa agradabilísima la primera vez que le oí “El Muro”. Creo que fue una versión memorable. Y no fue la única.  Además, una cierta distancia con el público que se le podía achacar en sus comienzos fue paulatinamente desapareciendo. Y en cuanto a los baterías que han pasado por los Dinguels… quizá al principio no me fijaba tanto en ellos, pero creo que su calidad ha sido bastante homogénea. Recuerdo a Manolo Linares, Enri y, sobre todo, a José Manuel Morán porque fue con quien relación más estrecha tuve, no sólo por su pertenencia al grupo sino por ser hermano de uno de mis mejores amigos, Moncho, y amigo mío él también. En cierta ocasión, en el Club de Juventud, se aprovechó una estancia de Manolo Linares en Melilla para montar dos baterías en el escenario y tocaron los dos a  la vez: Enri (espero no equivocarme) y Manolo. Fue verdaderamente espectacular.

ALFONSO se afianzó con el teclado y constituyó un importante refuerzo y contribuyó en gran medida a la modernización del sonido de los Dinguels, ampliando sus posibilidades en cuanto a repertorio.

Voy a contar algunas anécdotas de mi “pertenencia innominada y oficiosa” a ese grupo y repito: SIN PERCIBIR, JAMÁS, NI UN CÉNTIMO por mi colaboración: lo hacía por disfrutar. Y vaya si disfrutaba. Seguramente mucho, muchísimo, más que otros más preocupados por otros aspectos del mundillo musical.

          Aunque en la entrega “Presentación” se me pasó, con Quintana también actué en una inauguración de curso en el Colegio de la Salle, lo cual resultó muy emotivo para mí puesto que yo había estudiado hasta lo que entonces era Bachiller Elemental, en dicho centro y tenía grandísimos y muy gratos recuerdos. Cantamos un par de twists del Dúo Dinámico.

Cuando los Dinguels fueron “destronados” por los Estrellas en el Festival de 1.969, yo expresé a Quintana, una vez más,  mi opinión de que era consecuencia de una notable pérdida de identidad. Él me dijo que ensayaban poco y que, además, su cantante Miguel Ángel, iba a abandonar el grupo y trababan de “fichar” a Juani, el de los Estrellas. Contesté que peor me lo ponía. Juani tenía un estilo que, a mi modo de ver, se adaptaba muy bien al concepto y características de los Estrellas, con un toque soul muy convincente. Me gustaba mucho pero no creía que encajara con los Dinguels. Quintana me dijo que “renovarse o morir”. Yo pensé que aquello era una forma de morir lentamente… porque no creía que renovaran a fondo el repertorio.

Y el relevo se llevó a cabo. Y como me temía, no resultó: Los Dinguels no eran ellos mismos. En aquella temporada yo estuve al margen de ellos por el servicio militar. Luego… Miguel Ángel retornó. A mi regreso de Marbella, ya atrás la mili y con destino en Melilla, me impliqué más con ellos. Reforzando las voces y perfilando armonías, los Dinguels recuperaron gran parte de la identidad perdida. Pero no he llegado a saber por qué se desmembraron. Nunca me ha gustado meterme en asuntos internos ajenos.

Vayamos con anécdotas:

          En una actuación en la casa de España en Oujda, se estaba celebrando una cena y los comensales querían disfrutar de su conversación, por lo que la música amplificada, les molestaba. Había un señor mayor (así como yo ahora, vaya) que se acercó varias veces al escenario increpándonos “por el ruido”. Así que fuimos bajando poco a poco los volúmenes hasta que no hubo nada más que bajar. Miguel Ángel Martínez, Manolo y Alfonso se marcharon del escenario y nos quedamos Quintana y yo, sentados, tocando y cantando, sin amplificar, canciones que, en su mayoría, no tenían nada que ver con el repertorio Dinguel. Con eso  nos divertíamos, permitiéndonos incluso, como si de un ensayo se tratara,  parar cuando no nos gustaba cómo nos salía algo y repetir o probar alternativas, como si estuviéramos en casa. José Manuel tocaba la batería con las escobillas e, incluso con los dedos, muy suavemente y luego se marchó también. Así estuvimos los dos hasta que terminó la cena y los comensales tuvieron ganas de bailar. Pero antes cenamos nosotros, claro.

Durante la Feria del Real  de 1969 el miércoles por la noche había poco público en la Caseta y la cosa estaba muy desanimada. Antonio “Mojácar”, que fuera batería de Los Jaimas y posteriormente de Dracmas y que estaba por entonces haciendo la mili, vivía enfrente de la caseta y optó por irse porque tenía que madrugar. Aquella noche yo estuve tocando con ellos durante toda la actuación, alternando bajo y teclado. Alfonso y José Manuel estaban especialmente animados. Incluso Quintana, de natural más serio, estaba “cascabelero”. … el caso es que, quizá para matar la escasez y sosería del público decidimos, al menos, divertirnos nosotros. Pero sin renunciar a sonar bien y respetar la música. Nos propusimos caldear el ambiente, por lo menos, y comenzamos a improvisar concursos y animar la velada con varias actuaciones. Se organizó un jolgorio tremendo, hasta el punto de que Mojácar se levantó de la cama y volvió a la caseta…  y comenzó a entrar gente.  Los habíamos atraído con lo que se podía percibir desde el exterior.

          En 1970, con motivo del quincuagésimo aniversario de la fundación de la Legión, visitaron Melilla los entonces Príncipes de España, D. Juan Carlos y Dª Sofía. En la Sociedad Hípìca se celebró una cena de gala que se celebró en la terraza. Para amenizar el acto y el baile posterior se había contratado a los Dinguels, tocando también los Bríos por su condición de legionarios. Se había montado un estrado para los músicos dentro de la piscina. Entre los dos grupos había un extraordinario entendimiento. Nos dieron instrucciones para  que durante la cena interpretáramos música suave. Nos alternamos unos y otros acabando con los respectivos  repertorios de ese tipo y… terminamos tocando como un solo grupo al interpretando, juntos,  canciones muy conocidas, boleros y cosas así,  pero que no solíamos tocar asiduamente ni unos ni otros. José Manuel propuso cantar  “El río”, popularizada por Miguel Ríos. Aunque nunca la habíamos tocado y tampoco estaba en el repertorio de los Bríos  era una canción sumamente fácil que, además, no dejaba de sonar en la radio. Quintana y yo hicimos los coros mientras otros miembros de Bríos se sumaban a nosotros en diversos instrumentos. Fue algo totalmente improvisado, pero ya digo que esa canción no entrañaba ninguna dificultad y para músicos con cierta experiencia resultó pan comido. Además, José Manuel cantó muy bien. Pues bien: al terminar y, por primera vez en la noche, los Príncipes se volvieron hacia nosotros y nos dedicaron un espontáneo y cálido aplauso, siendo secundados por el resto de autoridades. Podéis imaginar el estupor primero y la risa —contenida, naturalmente— después.

          En otra ocasión, al acabar una verbena también en la Hípica y ya recogido el instrumental y al disponernos a marcharnos, junto a los vehículos había un legionario que nos abordó y empezó a hablar con nosotros. La conversación derivó, de repente, hacia un sistema infalible, según él, de pasar hachís a la península sin que los perros de la aduana lo detectasen: dentro de jamones previamente ahuecados (el primer despropósito era exportar jamones de Melilla a la Península, claro). Qué palizón verbal le dio al pobre Quintana. Koly y yo nos tirábamos de risa hasta que pudimos desembarazarnos de aquel personaje.

          Tocando un domingo Los Dinguels en el Club de Juventud, se rompió la segunda cuerda del bajo. Hicieron una breve pausa, al acabar la canción, suficiente para cambiar la cuerda. Pero las cuerdas nuevas ceden durante un tiempo en el que la afinación es imposible. Sin dudarlo, me subí al escenario, me puse junto a Manolo y mordí el clavijero para percibir bien los sonidos a través de los huesos de la cabeza con el fin de ir controlando la cuerda en cuestión y que Manolo pudiera seguir tocando sin desafinar cada vez que la pulsaba. Y así permanecí hasta que la cuerda dejó de ceder. José Antonio Guerrero “Rorregue”, me dijo años más tarde que cuando me vio “arrearle el bocado al bajo” pensó: “¿Quién es ese loco?” El loco era yo, claro.

Fue como un preludio de lo que luego serían algunas actuaciones de Dracmas en las que el ambiente era propicio…

Tal como se dice en el libro, Los Dinguels hacían dos versiones de ciertas canciones, según las cantaran Miguel Ángel o Quintana. Pues bien: había algunas que sonaban distintas si estaba yo o no: “Rezando en la capilla” (fantástica creación de Miguel Ángel Martínez Simó), “Tutti fruti”, “La isla de Wight”… La diferencia estribaba, primordialmente, en las voces, mientras tocaba unas sonajas o pandereta. En el libro se cuenta la anécdota de “La morena que buá está (por cierto, yo decía “guá”, de “güena”).  “Noches de Blanco Satén” sonaba también bastante diferente sobre todo por el final, conmigo al teclado. Y también “Les neiges du Kilimanjaro”, de Pascal Danel, al bajo. En el disco el bajo era trinado en el estribillo de esta canción. Cuando yo la tocaba, así lo hacía puesto que, como he dicho, toqué la bandurria y el laúd en los que el trino es indispensable. Cuando tocaba Manolo no había trino. También “En forma”, de Glenn Miller,  tiene un pasaje en el que yo hacía con el bajo un movimiento contrario al de la guitarra Escala ascendente ésta y descendente aquél —cosa que Manolo jamás entendió y, por tanto, no hizo; y lo criticó mucho por la radio—.También hacíamos (sólo cuando estaba yo) una versión muy peculiar del pasodoble “El beso” aunque nos referíamos a él con el nombre de una crucífera y, a veces, umbelífera. Yo tocaba la melodía de las estrofas en el teclado y el estribillo, con una letra impublicable, lo cantábamos a voz en grito… lejos de los micrófonos (aunque algo se oía y… la verdad es que no sé cómo no nos multaron). Los acordes los sabíamos Quintana y yo y Manolo, al principio, se fijaba en la mano de Quintana para hacer el bajo. Porque esa pieza se tocó muchas veces y muchas más antes, con el Coro VOZ DE LA JUVENTUD, en cuyos desayunos, ya mencionados, sonó un montón de veces.

En cuanto a las anécdotas…fueron muchas a lo largo de más de un año, pero tampoco quiero cansar.

Y en cuanto al título de este capítulo…

Un día en que la actuación en el Club de Juventud había salido especialmente buena, nos fuimos a tomar una copa y Quintana dijo: “Te vamos a tener que nombrar DINGUEL HONORARIO”. Y Manolo Herrera añadió “A PERPETUIDAD”.

Esta frase se repetiría mucho a lo largo de esos tiempos en que tan bien lo pasé con ellos y en los que tanto aprendí. Sin embargo… para ellos no debió de significar nada: ni siquiera lo recordaban...

A la disolución de los Dinguels, Manolo Puerto, Roberto Ginés y Manolo Herrera —hablo de los tres con los que más relación tenía— se embarcaron en la aventura de los Brisas. Pero antes de eso…

A LA SOMBRA DE LA “SOMBRA”

Cuando yo regresé del Campamento, me enteré por Moncho Morán de la sustitución de Miguel Ángel Roldán, enorme músico, por otro bajista. Me pareció una mala noticia para los Dinguels. Moncho me dijo que el nuevo, Manolo Herrera, “hacía unas virguerías…”

En la primera ocasión que tuve de escuchar a la nueva formación de Dinguels saqué mis conclusiones rápidamente: Manolo era un bajista de ágiles dedos, gran entusiasmo… y  musicalidad dudosa por lo que entendí nula preparación musical. Muchas notas y bastantes de ellas sin sentido, desvirtuando, con esa exuberancia instrumental tan “cañera”, bastantes canciones, aunque cuando se lo controlaba podía ser muy, muy bueno. Y… no hacía voces, lo que repercutía negativamente en el típico estilo dingueliano..

 Antonio Quintana me lo presentó y él me dijo que le habían hablado mucho de mí y me pidió que le enseñara algunas cosas que le sirvieran para el bajo, porque él tocaba la guitarra pero con acordes muy básicos. Sin embargo, yo no disponía de tiempo por mis obligaciones militares y laborales.

A mi retorno de Marbella mi relación con Manolo se fue estrechando. Manolo y yo teníamos una gran disparidad de criterios en cuanto a la música, pero eso no era óbice para que nos lleváramos bien. Él abogaba por un “bajo solista” en los grupos. En mi opinión, eso enmarañaba las canciones —asi, por ejemplo, si en “La casa del sol naciente” la guitarra solista y el bajo hacen lo mismo… queda un gran vacío armónico: sólo sería admisible hacerlo alguna vez, pero todas…—. En alguna determinada podía quedar bien, según el estilo de la canción, pero no por norma. Intenté que Manolo hiciera voces, pero no afinaba, así que… misión imposible.

Las mañanas que yo tenía libre me iba con él a la tienda que su futuro cuñado tenía en el Mantelete, oíamos discos, le enseñaba acordes que él desconocía y la forma de aplicar al bajo ciertas particularidades. Un día me puso un disco y me hizo escuchar una preciosa canción: “Never my love”, de The Association. Tenía unas voces maravillosas y sutilezas armónicas que me encandilaron. Le dije que propusiera al grupo montarla y así lo hizo. Pero, por lo que me contaron, afirmó que él había sacado los acordes lo que provocó cierto cachondeo. Quintana supo enseguida que no era así. Y es que esa profusión de acordes de 4ª, 6ª,  7ª Mayor, 9ª… eso estaba fuera del  alcance de Manolo, al menos por aquel entonces. Lamentablemente, esa gran canción no se añadió al repertorio dingueliano.

Había olvidado este asunto hasta que, hace unos cinco o seis años, oí la canción por la radio y lo recordé. Ese mismo verano tuve ocasión de mencionárselo a Quintana quien, efectivamente, lo recordó. De haber tenido presente esa canción en tiempos de Dracmas habría propuesto su inclusión en nuestro repertorio y, probablemente, aceptada, porque, como hubiera dicho mi buen amigo Alberto: era “carne de Dracmas”.

En la Crónica que mi querido ÁNGEL MORÁN —también tristemente fallecido (ya se va notando la edad en el goteo ¿eh?)— dedicó al Festival de “Conjuntos” del Auditorium Carvajal, pág. 230, al hablar de los Brisas alude a su falta de conjunción. Era algo que había pasado en cierta etapa de los Dinguels. La presencia de Manolo Herrera en ambas formaciones en momentos de decadencia no era, a mi parecer,  una mera coincidencia.

Eso fue precisamente lo que yo siempre traté de evitar que ocurriera con Dracmas. El éxito no viene por casualidad ni por la inspiración momentánea de sus componentes, sino por la constancia y el tesón, aparte de la calidad, claro. En la entrega dedicada a Dracmas profundizaré en este tema.

Manolo trabajó en Radio Melilla durante años. Hacía las crónicas musicales —por supuesto—, entrevistas y de todo un poco. Pero nunca nadie relacionó al Manolo Herrera de la Radio con el bajista de Dinguels,  Brisas o Dracmas, porque se guardaba muchísimo de mencionarlo. Sus amigos guardábamos, con toda discreción, el secreto de su doble identidad. Siendo, pues, juez y parte, arrimaba el ascua a su sardina        —aunque no fue el primero—.

Las críticas en su programa  a Dracmas no eran nada favorables, deviniendo realmente feroces en lo que a mí concernía —supongo que por nuestra abismalmente diferente concepción de la música y… quizá porque no había asumido la estrepitosa derrota de Brisas en el Festival del Auditorium—, diciendo cosas como que “Bernardo pretende hacer del grupo una orquestina (despectivamente)” “…Música que huele a velatorio”… “Bernardo tiene unas ideas antiguas que van a anclar al grupo en el pasado y hundirlo…” e ironizando reiteradamente sobre cosas tan elementales como la afinación de los parches de la batería, cosa que, por cierto, no había hecho ningún grupo en Melilla. Lo que para él era motivo de burla no era sino evidencia de su ignorancia. Y en cuanto a lo de orquestina… habría significado que teníamos una importante base musical de la que carecíamos —unos más que otros—. Aunque suplíamos con amor a la música, entendimiento, inspiración, constancia en los ensayos y otras virtudes. (Por cierto: mi falta de preparación, la que yo realmente habría deseado tener, la he proclamado públicamente mientras que otros, que no saben ni qué es la clave de sol,  han dejado creer que eran unos músicos de alta escuela… En el libro el Sr. de Casas hace especial hincapié en este punto (pág. 175) al referirse a la sombra planeadora…)

En cuanto al Manolo radiofónico, los únicos elogios que le oí sobre mí fueron: al bajo  en “Qué será” y al teclado por un contrapunto al final de “Without you”, a pesar de que era de corte muy bachiano. Sin embargo, nuestra versión de “Samantha’s mine”, uno de nuestros grandes éxitos, mereció severas críticas por su parte ya que “Bernardo ha desdoblado las voces innecesariamente y el bajo no es adecuado para la canción...” Yo escuchaba sus crónicas con frecuencia y no le oí nada más que fuera positivo sobre mí; no sé yo si se dignaría en cualquier otra ocasión… A mí nunca me dijo nada en persona aunque me miraba con cierta ironía. De todas formas, él expresaba su opinión, sincera o interesada, lo mismo que yo expreso la mía, absolutamente sincera. Me importaban muy poco, realmente, sus críticas negativas en cuanto a mí, pero me dolían por el grupo: sólo trato de, como dije en la presentación, revelar lo que, a veces, ocurría entre bambalinas o era desconocido por el público.

Respecto a lo de sus notas falsas, lo siento, pero es la verdad. Ya había ocurrido en Brisas —como antes en Dinguels, aunque creo que, entonces, yo había logrado contenerlo un poco—, donde la improvisación, llevada a extremos que me hacen estremecer aún, sacaba de quicio en ocasiones a ROBERTO GINÉS. Éste fue enorme batería —en su momento, el mejor—, con un estilo de incomparable personalidad, además de gran persona y amigo del que, por cierto, hace muchos años que no sé nada. Se desenvolvía maravillosamente en las improvisaciones a pesar de ciertos sustos por causa de que las de otros a veces resultaban difíciles de cuadrar en los compases. Coincidimos en el cuartel de Ingenieros a mi llegada a Melilla durante la mili y, en los ratos libres, metidos en la biblioteca de oficiales de la que estaba al cargo nos dedicábamos a construir una especie de guitarra/bandurria/banjo con una lata de galletas y una regla de madera y latón. Mi traslado a la Comandancia de Obras acabó con el proyecto. Roberto fue maestro de Juan Gallardo, quien le debe mucho y lo reconoce con su natural nobleza y su gratitud. En los Brisas. Roberto se las veía negras en ocasiones para reconducir el ritmo que la sucesión desaforada de notas sin sentido rompía. Y no hablemos de la armonía. Yo no era el único que opinaba así. Como he dicho antes, Ángel Morán también era de esa opinión. Y más.

En alguna ocasión Manolo Puerto y Manolo Herrera, ante el desconcierto del guitarra rítmico (creo que era Andrés Carretero) —de ello fui testigo en el Centro Parroquial del Barrio de la Victoria—, acabaron tocando en tonalidades distintas. MANOLO PUERTO era un tremendo guitarrista, con una enorme velocidad de digitación y un gran sentido de la melodía y el contrapunto al más puro estilo de la música de la época. Se concentraba en su guitarra, se aislaba de todo lo que no fuera música y sus dedos se deslizaban por el mástil.  En eso era único. Pero a veces se dejaba llevar demasiado lejos, no sé si por influencia de Manolo Herrera. Pero era realmente fantástico. Se retiró de la “vida pública musical”, según me dijeron, cuando podría haber sido el guitarrista de referencia en Melilla, sobre todo para cierto tipo de música.

Como Ud. ve, Sr. de Casas… yo era una sombra. Y, por cierto: pese a lo que alguien esté dejando caer por ahí, lo que figura en el libro sobre mi relación con los Dinguels NO LO ESCRIBÍ YO. Cuando vi cómo se me ignoraba me retiré del proyecto. Hay pruebas que yo me negué a escribir algo sobre mí mismo y también de que yo le dije a Ud. que no quería saber nada de ese libro y que si se me nombraba fuera de pasada. Y esto fue después de ver… todo lo que vi. PERO NO LE DI PERMISO PARA USAR MATERIAL QUE YO HABÍA ESCRITO. En lugar de eso, Ud. se APROPIÓ DE MIS TEXTOS y luego añadió lo que le pareció.

O… ¿no fue Ud. quien lo agregó.…?

 

 

DRACMAS

El tratamiento que se hace en el libro del tema Monarquía/República induce a pensar, como me han dicho bastantes personas de mi entorno que lo han leído,  que el discordante en el grupo era yo. Realmente no fue así ni mucho menos: hasta que no entró Manolo Herrera sólo había habido las pequeñas discusiones propias de todo colectivo, por prisas, llegadas tarde, cuerdas rotas… Manolo tenía su concepción de la música y trató imbuir en Dracmas lo que yo consideraría como la causa del progresivo desgaste de Brisas y, antes, de Dinguels. Lo que ocurrió fue que los demás componentes del grupo, excepto uno, menos ingenuo que los demás —que no se percataban de su trasfondo— en realidad estaban totalmente de acuerdo con mis métodos y se tomaban este asunto como una broma.

Cuando tuvo lugar el incidente de mi discriminación en el estrado de la casa de ensayos por tal dualidad, mi disgusto por la mala uva que vi en aquella no tan inocente broma —aunque, excepto uno, repito, los otros tres no se percataron del trasfondo— fue más que eso: fue dolor. Realmente, si el discrepante hubiera sido yo, habría sido yo y no Manolo Herrera, quien dejara el grupo ¿no? Sin embargo, al ver que sus tesis no progresaban, se marchó. No obstante… algo consiguió Manolo —no voy a decir el qué, aunque le estoy agradecido por ello— pero cuando pienso en él (casi nunca, realmente, y porque alguien lo saca a colación) me viene a la memoria la fábula de la gallina que empolló unos huevos que encontró…

Dracmas seguimos, pues, tras su marcha como hasta entonces, aunque  ya continuamos con el teclado, alternándolo yo con el bajo así como Menti la guitarra con éste, según la canción, progresando, creo yo, día a día hasta que la emigración paulatina de sus miembros (la incorporación de Juan a la Legión y, por ende, a los Bríos; mi desplazamiento a Chafarinas y la marcha de Quintana a Barcelona) hicieron que se desmembrara. Aunque… ya añadiré algo más al final.

En el 72 intervinimos como “orquesta acompañante” en el I Festival de la Canción Local.  Y todavía nos reunimos por última vez en un Festival en el Perelló donde yo, aquejado de una indisposición momentánea, no pude actuar con ellos aunque sí en el trío “Sopa de ajo” (con Marisol Quevedo y Quintana) y dirigir el Coro Voz de la Juventud en la actuación que cerró el acto. Y aunque ya no como Dracmas (otro desliz, Sr. de Casas), en el II Festival de la Canción Local, en el 73, con más miembros. Entre ellos el gran Popy.

Vayamos por partes:

Como dice el libro, cuando desaparecieron los Dinguels, mi vieja aspiración de hacer algo con Quintana se hizo realidad. En cuanto al resto del grupo confié en el criterio de Koly y convoqué a Paco “Patata”. Antonio “Mojácar” a la batería. Y Menti, indiscutible. Así que a Quintana le pareció todo bien. Me habría gustado un teclista solvente, pero no lo había por Melilla o, al menos, con disponibilidad y posibilidades de hacerse con un teclado de cierta calidad. Así que, de momento, decidimos pasar sin él.

Con Paco de cantante (aunque Quintana interpretaba, como había hecho en los Dinguels algunas canciones) y el propio Quintana, Menti y yo haciendo voces… la cosa comenzó a funcionar. Existía el problema del equipo porque el amplificador de Quintana estaba un poco cascado por los años de uso y abuso y agravado por tener que utilizarlo para amplificar el bajo puesto que yo aún no tenía. Habíamos encargado dos FBT para nuestros respectivos instrumentos.

Quintana grabó una cinta y lo primero que me decepcionó fue el sonido cavernoso. Estábamos forrando las paredes del local de cartones de huevos y construyendo un estrado desmontable (no en balde Quintana es delineante y Koly, que nos ayudaba cuando estaba en Melilla, maestro industrial)… que nunca fue preciso desmontar. La cosa fue quedando mejor y, además, se obtenía el resultado de molestar menos a los vecinos con la “insonorización”. Por otra parte, nunca ensayamos a deshoras y ellos nos aguantaron muy bien, la verdad. Las grabaciones me horrorizaron: aquello sonaba mal. Empezamos a trabajar con los controles del equipo de voces (más adelante teníamos la intención de efectuar una grabación con lo más florido de nuestro repertorio, cuando ya sonábamos bien, pero nunca llegó a realizarse…).

Un día aparecieron por allí dos de los Bríos, con los que teníamos muy buena relación y que, al tanto de nuestro proyecto, esperaban con bastante expectación nuestro debut.

Nos escucharon y uno de ellos preguntó: “¿Quién hace la voz grave”? Respondí que yo. Ése era el problema: parecía la sirena  del “Vicente Puchol”. Así que tuve que acostumbrarme a enmascarar mi voz natural para que resultara menos sonora y menos grave. El resultado fue estupendo. Pero yo no estaba aún convencido que de fuera conveniente debutar.

Ensayábamos las voces sin amplificar primero para oírnos. Y luego con los instrumentos para habituarnos a hacer las dos cosas. Pero eso era empezar y quedaba mucho por delante.

Con Paco ocurría que, sin ser un cantante impactante (al menos, para mí, en principio) como Miguel Ángel Martínez Simó, su voz empastaba con las nuestras a las mil maravillas. No era una voz solista con un corito de fondo: Era un todo coral. Era lo que yo estaba buscando. Pero quería que sonáramos mejor y ampliar el repertorio. Y quería que Paco adquiriera confianza y su voz, en las canciones sin voces, sonara con su timbre natural, resaltando su condición de cantante solista. Paco estuvo vocalizando conmigo y fue mejorando ostensiblemente. Cada vez cantaba mejor. Su creación de “Qué será” o “Whitout you” entre otras,  fueron memorables, además de imprimir sello y carácter especial a las canciones de los Beatles, por ejemplo, o de Credence. Sacaba a relucir garra cuando era necesario y acariciar con la voz cuando se terciaba. Y con cierto sutil histrionismo que llegaba al público rápidamente.

El entonces Jefe de Estado Mayor, Coronel Lamas, amigo de mi familia, me puso en el compromiso de debutar en una verbena en la Hípica. Yo no quería porque consideraba que debíamos mejorar bastante más, pero… Bueno, a pesar de todo, la cosa no fue nada mal: nos contrataron para tocar en la Feria de Cabrerizas. Entre una cosa y otra intensificamos los ensayos y llegaron los amplificadores, ganando en calidad tanto por una como por otra razón.

Existía un problema con el bajo: teníamos dos a nuestra disposición, no recuerdo muy bien por qué. Creo que uno nos lo dieron y el otro lo compré por cuatro perras pero no estoy muy seguro. Lo cierto es que uno, el Teisco blanco, sonaba afinado… pero infamemente: distorsionaba. El Hofner sonaba bien, pero desafinaba como un loco. La solución: se les desmontaron los mástiles y se acopló el del Teisco al Hofner y… el resultado fue espectacular: el bajo afinaba de maravilla y se le podían sacar variados y limpios sonidos —conservo ese híbrido como reliquia impagable—.

Esto se acabó de comprobar cuando llegaron los amplificadores. También conectamos en cadena con el de Quintana un Fender que yo tenía, medianito, y cuya potencia nominal no recuerdo, aunque no era mucha, pero sonaba fantásticamente y “chillaba como un niño chico”, como decía Koly. Así se suplía la escasa brillantez de agudos del FBT (aunque Koly  achacaba más esto a algún problema de la guitarra de Quintana). Paco tenía su equipo de voces, así que todo había sido cuestión de esperar a que llegaran los pedidos.

Y llegó la Feria de Cabrerizas: Paco se metió al público en el bolsillo nada más salir al escenario. Tenía un don natural. Además de cantar cada vez mejor y saber estar en el escenario con gracia, atraía la simpatía del público instantáneamente. Poco a poco me fue arrastrando y como los dos teníamos poco sentido del ridículo, siempre estábamos con bromas que transmitían un “buen rollo” tremendo al público. Aquello nos dio mucha confianza e hizo que la cosa funcionara mucho mejor. Tanto que nos contrataron para la Feria de Melilla y apenas llevábamos tres meses tocando. No era normal que lo hicieran con un grupo tan novel como nosotros.

Lo cierto es que Quintana estaba muy bien relacionado por su largo tiempo al frente de los Dinguels y consiguió el contrato. Él se dedicaba a ese tipo de cosas, como la liquidación a la Sociedad de Autores, mayormente, y me cedió los trastos en cuanto a organización musical del grupo, aunque las canciones se decidían entre todos y yo exponía a la consideración de todos los cambios de acordes o voces que se me ocurrían y, a veces, Quintana, Menti o Paco me sugerían alguna variante. Había canciones, por ejemplo, de los Beatles que nosotros cantábamos a tres voces, en lugar de a dos, y con algún acorde distinto. No era tratar de enmendarles la plana a ellos, sino de hacer algo más… “nuestro” y no forzado, sino porque surgiera naturalmente.

Montamos un popurrí de canciones de ritmo y tonalidades diferentes, que fuimos haciendo buscarse unas a otras, y acordes muy ajustados. Cuando nos oyeron tocar aquello, me dijo uno de los Bríos que “ahora sí que nos tomaban en serio”… Había una transición de “Please, please me”, de Beatles a “María” de West Side Story (Leonard Bernstein) que a Koly le gustaba particularmente por la forma en que el bajo iba buscando la tonalidad de Do mayor desde Mi mayor haciendo una escala ascendente partiendo de la dominante (la primera vez que la oyó dio lugar a una de nuestras habituales conversaciones sobre el bajo y sus peculiaridades armónicas).

Surgió lo del Festival de Grupos del Auditorio y nosotros sólo pretendíamos darnos a conocer del gran público puesto que llevábamos muy poco tiempo en candelero. Tanto Brisas como Bríos estaban convencidos de ganar y nosotros fuimos con toda la humildad del mundo. Lo cierto es que, aunque yo lo disimulaba, estaba bastante nervioso. Pensaba que, si teníamos “el día” podíamos dar la campanada; si no… apaga y vámonos. Había algunos buitres esperando nuestro fracaso.  Y Juan, con 15 años, se enfrentaba a su primer reto serio y  no sabíamos cómo iba a responder. Pero fue fantástico y demostró su gran personalidad. Tan grande era mi nerviosismo que en la segunda canción, “Nowhere man”, uno de nuestros mayores éxitos, yo comencé medio tono más alto en el bajo en la primera nota, pero me di cuenta enseguida y arrastré el dedo de forma que pareció algo intencionado. Creo que nadie lo notó. Quintana había cantado en primer lugar “Troubles” donde Juan resolvió su papel, con numerosos redobles y a contratiempo, con solvencia y luego presenté a Paco y al resto del grupo. Incluso la forma de hacerlo parece que resultó graciosa y los Bríos creían que había sido muy preparado cuando, realmente, fue totalmente espontáneo. Y, de repente, me tranquilicé.  La primera canción no llevaba voces y cuando comenzamos “Nowhere man”, a capella,  y cuando entraron, enseguida, los instrumentos el público, como luego sería lo habitual, rompió “irremisiblemente” en aplausos. “Let it be”, “Fin de semana…” Todo salió bien, la verdad. Y dimos la campanada.

Hay algo que nunca he contado sobre aquel Festival pero ahora voy a hacerlo. Para mí supuso la primera gran decepción: Cuando se dio a conocer el resultado de las votaciones… vi a alguien como entristecido. Le pregunté si no estaba contento. Y me respondió más o menos que… “Los Dracmas son obra tuya. Si hubiera sido mía, estaría más contento…” Me quedé helado porque para mí se trataba de un grupo, no de individualidades. Yo no tenía conciencia de que se tratara de buscar el éxito personal sino del equipo que habíamos formado. Pero no todos somos iguales…

Quintana siguió cantando algunas canciones y Paco le daba a la pandereta y los bonguitos, según en qué piezas, con lo que la percusión sonaba de forma distinta a lo habitual en los demás grupos, sobre todo por los bonguitos, para los que se hizo un soporte.

A Paco le gustaban mucho Credence Clearwater Revival y montamos varias canciones de ellos, aunque introduciendo voces y alguna variante armónica. A mí no me hacían mucha gracia porque los encontraba simplones armónicamente, aunque me gustaba Tom Fogerty. La versión que hicimos de “Proud Mary”, de la que nos sentimos orgullosos (aunque fue muy maltratada por Manolo Herrera: de hecho, fue una de las de nuestro repertorio que nunca aprendió y la tocaba yo siempre al bajo: era demasiado para él) fue uno de nuestras grandes creaciones. Esa versión surgió espontáneamente: Roberto le había enseñado un ritmo propio a Juan que a mí me gustaba mucho y quería meterlo en alguna canción (más tarde lo introduje en otra del II Festival de la canción Local). Y un día que estábamos Paco, Juan y yo, a la guitarra,  solos en la casa de ensayos surgió así. Era una canción por la que yo no sentía gran apego por su, para mí, sosísima armonía. Quizá yo llevaba en subconsciente eso y algo bullía en mi cabeza; y aquel día… me fueron saliendo espontáneamente los acordes y… parecía otra canción. Paco estaba entusiasmado. Cuando llegaron Quintana y Menti… les encantó. Así que la estuvimos estudiando, preparé las voces, ensayamos… y a lanzarla. Recuerdo, cuando la estrenamos en la Feria de Melilla, a los Bríos delante del escenario escuchándonos con la boca abierta. En nuestro descanso acudieron a nosotros y nos preguntaron que de qué disco habíamos sacado aquella versión. Quintana les contestó, señalándome: “De ninguno: aquí tenemos un generador de acordes”. No se podían creer que fuera creación nuestra.

Al cabo de un buen rato y, ante la insistencia de ellos, la volvimos a tocar, recibiendo su reconocimiento y sus felicitaciones. Y nos dijeron que no habíamos ganado el concurso por casualidad.

Fue algo que yo agradecí en el alma.

Otro de nuestros grandes éxitos fue “Samantha is mine”, de The Spectrum… que yo no había oído en su versión original hasta hace muy poco. Quintana la conocía muy bien y nos la enseñó, aunque nosotros explotábamos más las voces y el final, sobre todo, resultaba apoteósico con los coros acabando con un acorde mayor…  Al oír, ahora, el disco he percibido algún pequeño detalle distinto a nuestra versión, nada relevante, realmente.  Pero lo que sí es cierto es que en el interludio musical que en el disco hace un teclado con sonido de clave y que hacía Quintana con la guitarra yo introduje un bajo “a lo Bach” que quedó muy adecuado, según mi Compadre (aunque el ínclito Manolo Herrera pensaba todo lo contrario),  y muy en consonancia con el final.

Menti se nos fue uniendo en el desparpajo y soltura ante el público y se convirtió en “la tercera vedette, que más que tres, parecemos siete”. Antes, Paco y yo decíamos: “Somos dos gogoses que más que dos parecemos dose”… Eran bromas que el público solía recibir con alborozo. Juan se fue animando también. Quintana era el hombre serio del escenario, el contrapunto adecuado.

Con estas tonterías el público nos jaleaba… De todas formas, esas cosas las hacíamos en momentos clave, en verbenas, bailes de Feria… Cuando nos poníamos a tocar todo nos lo tomábamos muy en serio a pesar de la alegría. En una verbena que organizó el Colegio de Farmacéuticos de Melilla en el Club Marítimo nos pidieron un vals. Como no teníamos ninguno comenzamos a tocar “Oh, oh, July” en ese ritmo. A la mitad, cambiamos de repente al ritmo normal de la canción. Y luego nos pedían “más valses como ése…” Cuando nos pedía algo más… racial, tocábamos el “Porrompomperro”, como decíamos. Y la cantaba yo… Pero como era con cierta guasa quedaba bien.

Una de las bromas, de Paco y mía,  fue la interpretación, con voz campanuda y vibrato muy marcado, de “Lo mucho que te quiero” de Los Ángeles, uniéndosenos enseguida Menti. Quintana no estaba muy conforme con esa “falta de seriedad” y nos lanzaba miradas severas de reojo. Otro gran éxito nuestro fue “Thing for yourself”, de Beatles. Sin embargo, cuando empezamos a montarla… no nos gustaba nada como sonaba y Paco no se encontraba a gusto cantándola. La dejamos. Pero era una canción que encajaba muy bien con nuestro estilo y yo no paraba de darle vueltas a la cabeza. Hasta que un día empecé (casi) a darme cabezazos contra la pared: la canción estaba baja y eso le restaba brillantez. Así que la subimos dos tonos  y… eso era otro cantar. Cuando Manolo Herrera estaba con nosotros, en las canciones en las que el teclado no era imprescindible, como ésta, y que yo no tenía que hacerme cargo  del bajo, cogía la pandereta y a hacer mis voces.

Procurábamos cantar lo más posible en español, incluso Beatles, pero cuando había que hacerlo en inglés, ahí estaba Quintana. Como yo no tenía ni idea, nos escribía las letras tal como se pronunciaban y nos las aprendíamos de memoria. Todavía me acuerdo de bastantes…

Tras las actuaciones nos solíamos ir todos a tomar algo por ahí. Tanto el transporte del instrumental como el nuestro en esas salidas recreativas las hacíamos en el “Dracmabús”, la furgoneta que Paco tenía para su trabajo (hay más de una foto con ella en el libro). Y si teníamos que alquilar un transporte ¿a quién mejor que a él? La verdad es que lo pasábamos de maravilla, nos reíamos horrores. Pero “nos lo currábamos”, que se dice. Incluso en una Feria del Real yo llegué a perder 7 kilos: después de tocar nos íbamos a tomar café con churros y dar una vuelta por la feria, o irnos a bañar a las cinco o seis de la mañana. Luego… duchita y al trabajo porque no había logrado que me dieran partidas las vacaciones para estar más descansado durante esa Feria y la del Centro. O sea: trabajo, actuaciones y ausencia casi absoluta de sueño… A veces me quedaba dormido sobre el teletipo… pero no podía pasar de unos pocos minutos. Así que al año siguiente hablé con mis superiores y conseguí que me dieran la semana de Feria del Real a cuenta del permiso anual.

Respecto a mis compañeros de grupo, musicalmente hablando… ANTONIO MARTÍN, “Mojácar”, estuvo muy poco con nosotros por su marcha a Palma de Mallorca donde dirige actualmente una banda de cornetas y tambores, lo que da idea de su valía. De enorme constancia y mayor calidad humana. Gran amigo.

Juan… se convirtió en uno de los grandes de la batería en Melilla.  Aprendió lo poco que  Paco y yo podíamos  enseñarle, aunque Paco era mucho mejor batería que yo (y cualquiera, creo) y Roberto se encargó del resto: Espectacular. De gran talento y constancia, Juan absorbía las enseñanzas con suma facilidad. Empezó a estudiar solfeo en su casa, por su cuenta, aunque yo le daba algunas indicaciones. Explosionó totalmente con los Bríos y luego… pues ahí está: dando clases en Beek y Geleen, en los Países Bajos.  El benjamín ha llegado más lejos que ninguno y es el único que se ha dedicado profesionalmente a la música.

Quintana: pulcro y con sentido del contrapunto y de las voces. Bastante bueno armónicamente. Creo que es de sobras conocido y ya se habla de él exhaustivamente en el libro.

Menti: para mí la gran revelación. Yo no era nada malo con la guitarra acústica. Tenía una buena mano derecha, pero con la eléctrica nunca llegué a encontrarme a gusto, supongo que porque nunca tuve y apenas si toqué con alguna. Pero Menti… En realidad nuestro estilo era muy similar pero él me superaba con creces. Además era una esponja que se aprendía los acordes y las voces con gran facilidad. Y su muñeca derecha era un portento para marcar ritmos, a veces sincopados, con bajo y batería. No he conocido un rítmico como él.

De Paco ya he hablado: una progresión constante, magnífico cantante y ser humano de extraordinaria calidad y con cuya amistad me honro.

En cuanto a mí: un bajista correcto y con bastante limpieza a mi humilde modo de ver, con habilidad para dar notas oportunas en momentos oportunos. Resultón, en suma. Y hacía voces. Con el teclado, bastante peor, pero Quintana me dejó su pedalero Wah-wah y con sus efectos camuflaba mis deficiencias. Siempre he sido consciente de mis limitaciones como instrumentista: creo que lo mío es más global y que haciendo arreglos y creando voces era mucho más eficiente. Una noche en la feria del Real, estábamos tocando “No quiero pensar en ese amor”, de Módulos. Había un interludio al órgano para el que tenía que concentrarme mucho, dadas mis carencias con el instrumento. Pero esa noche me quedé totalmente en blanco en ese momento y di cuatro notas sueltas, aisladas… Qué bochorno pasé. Nunca me había ocurrido nada igual. El resto del grupo, casi en su totalidad, se lo tomó a risa… El que peor se lo tomó fui yo. Quería que se me tragara la tierra.

Debido a determinadas circunstancias de Manolo Herrera y por razones de estricta amistad propuse al grupo (sabía que esto podía resultar negativo, pero me arriesgué… y así resultó la cosa) de incorporarlo al grupo. Lo primero, una discusión con él por un tema económico que me concernía que fue zanjado por todos firmemente. Luego, como se insinúa entre líneas en el libro, Manolo trató de darle un vuelco a Dracmas y retomar el modelo que ya había hecho perder la identidad de Dinguels durante un tiempo y que desmoronó a Brisas. Manolo siguió en sus trece de “improvisación a toda costa”, menos ensayos… en fin, creo que ya está todo contado. Su teoría era que en un grupo todos deben decidir lo que se hace y, si no están todos de acuerdo, que cada uno haga lo que le parezca. Enseguida dividió al grupo en dos bandos hipotéticos: La Monarquía Absolutista y Tiránica (según expresión suya, claro) integrada única y exclusivamente por mí y la República Democrática Independiente, o sea: todos los demás. Siempre según él, repito. Aun hay quien, ahora, por alinearse con él (o… ¿quizá por otra razón…?) habla de extraños conceptos de “jefatura”. En la pág. 209 del libro en cuestión, en una entrevista a OKAPI, éstos afirman refiriéndose a los grupos en general: “Lo más importante es que sus miembros estén compenetrados y que exista espíritu de equipo, que no tire cada uno por su lado”. Hasta la llegada de Manolo Herrera, en Dracmas existía ese equipo. Luego…

Cuando yo trataba de que, con el bajo, se atuviera a los acordes que existían y no improvisara dando más notas falsas que otra cosa, Manolo sostenía que el tipo de música que se había hecho hasta entonces y en el cual  yo creía estaba condenado a desaparecer, que el lenguaje musical tenía sus días contados y el futuro de la música estaba en la improvisación. Renegaba de las horas de ensayo —he pensado más de una vez que ha sido alguien que utilizaba la música para su promoción personal y que  los ensayos le aburrían, sin paliativos—. Mantenía que los violines, chelos, trompas y demás instrumentos sólo se verían en los museos y no se volverían a escuchar… Y que los conservatorios cerrarían o serían demolidos.  O destinados a otros menesteres “menos inútiles”.

“Po vale”.

Manolo sembró la cizaña en terreno inesperadamente abonado. Cada uno de los componentes de Dracmas sabe de lo que estoy hablando.

Como he dicho: en un grupo todos son importantes, como en una orquesta o, saliéndonos del ámbito musical, donde haya más de dos personas. Si cada uno tira por su lado no es  “democracia” sino  acracia o anarquía —¿por qué me habrá venido a la cabeza, de repente, el término “anarco-sindicalismo clandestino”…?— En una democracia hay reparto institucional de funciones. Me pregunto cómo sobrellevaría hoy día el “Sr. Herrera-jefe-de-algo” a alguien con sus ideas de aquellos tiempos...

Si en una orquesta, por buenos que sean los músicos, no hay un director… la cosa no funciona como debe. Estando yo en Madrid (no puedo precisar el año, posiblemente 1977) la Orquesta Filarmónica de Viena —una de esas orquestas que, según el Sr. Herrera, deberían desaparecer y que no sé, según sus tesis,  cómo no ha desaparecido ya…— dio en el Teatro Real tres conciertos. Los dos primeros con directores invitados que, al parecer, dispusieron de pocos ensayos. Yo asistí al primero de ellos, muy decepcionante en mi opinión y según la crítica que también censuró el segundo de ellos. Y también fui invitado al tercer concierto en el que la misma orquesta sonó absolutamente gloriosa bajo la batuta de su titular, Karl Böhm, interpretando, entre otras, una Sinfonía Pastoral de Beethoven de auténtico éxtasis. Como dijo la crítica de El País: “Al oírla se siente que tiene que tocarse así y de ninguna otra manera”.

Así pues, llevar la batuta, hacer arreglos, y programar y dirigir unos ensayos no es “Monarquía Absolutista y Tiránica” sino, simplemente, dirección, sin que esto implique jefatura, insisto. Pero eso no lo entenderán (algunos con la boca pequeña, por supuesto, y por razones que… allá ellos) determinadas personas. ¿Qué habría pasado si, según esas premisas, dos miembros del grupo hubieran firmado dos contratos, por su cuenta, para el mismo día en lugares distintos y a la misma hora? Pues es lo mismo. Por eso Quintana se encargaba de todas esas cuestiones y que él lo hiciera no lo convertía en un Tirano, ni Jefe ni nada por el estilo: sencillamente, se le había encomendado una tarea como a mí otra. Y ¿acaso no había sido Quintana el “director musical”, más o menos, de Dinguels? En realidad, Quintana abarcó más funciones en Dinguels que yo en Dracmas. Por otra parte… la verdad, es que no me imagino a Manolo Herrera encargándose de los acordes o las voces. Bueno, sí que me lo imagino…

Yo estaba pasando una mala racha personal, por una serie de circunstancias, que desembocó en una depresión que el tema Monarquía/República no hizo sino agravar. No por el hecho puntual en sí, sino por la dolorosa decepción de determinados comportamientos.

A partir de ahí ya no se montaron más canciones. El ambiente, aunque no se hablaba de ello, ya no era el mismo dentro del grupo. Paco fue mi gran animador, realmente, y el gran amigo que sigue siendo. Y Roberto, durante la Feria de Melilla —en la que, alternando con Paco y conmigo mismo, se hizo cargo de la batería con pocos ensayos y con Juan ya en el Tercio—,  fue otro amigo en quien apoyarme. Creo que Menti ni se dio cuenta; en todo caso se comportó con absoluta discreción. Y Quintana, como todos sabemos, es tan despistado… En cuanto a mí tocando la batería… pues siempre había tenido el prurito de aprender más cosas, distintos instrumentos musicales… pero era muy básico: siempre lo he sido como instrumentista. Pero eso sí: nunca perdía el ritmo (no todos los que se suben a un escenario pueden decir lo mismo). Paco la tocaba mucho mejor que yo. Y, sobre todo,  en aquella Feria lucieron, en todo su esplendor, su madurez y su auténtica categoría de gran cantante.

Yo tenía preparada, entre otras, una versión de “And i lover her”, de Beatles, en ritmo de blues y muchas voces… que se marchó al limbo. Creo que nos habría quedado de maravilla. Luego comenzó la diáspora y eso ocultó el mar de fondo que se había introducido en el grupo.

Si la existencia de Dracmas se hubiera dilatado en el tiempo, habría sido, probablemente, el mejor grupo de la historia en Melilla. Juan, en el Tercio, podría haber sido sustituido por Roberto, a la sazón sin grupo. Y Quintana… pues Menti podría haber asumido su papel y habernos buscado otro rítmico, aunque uno que estuviera a su altura era para mí impensable. Quizá algún emergente solista que hubiera actualizado el “sonido Dracmas”. Las combinaciones podrían haber sido diversas y candidatos no nos habrían faltado, aunque lo cierto es que la cantidad de acordes que nos distinguían asustaba a más de uno.

Abundando en esto, al acabar, como número final, una actuación benéfica de tantas en un circo —durante la cual tocamos, entre otras, una versión muy rítmica, instrumental, que hice del bolero “Camino verde” y “Tell me why”, de Beatles, otra magnífica interpretación nuestra— el director del circo y de su orquesta vino corriendo a nosotros y nos dijo, literalmente: “Muchachos ¿qué hacéis vosotros pudriéndoos en Melilla? Venid a Madrid conmigo que os haré triunfar”... Evidentemente exageraba el hombre pero quedó claro que le gustamos mucho. Le hicimos ver, porque insistía, que todos teníamos nuestra profesión y que no íbamos a tirarla por la borda, ya con cierta edad algunos (Quintana y yo, los mayores) para embarcarnos en una aventura de dudosos resultados.

Posteriormente, cuando yo pasaba mis vacaciones en Melilla, generalmente en Feria, el propio Manolo Herrera me hizo algunas entrevistas a traición, cuando yo aparecía por la Caseta Municipal donde Radio Melilla tenía un punto de retransmisiones. A mí me repateaba que Manolo me entrevistara pero me cogía cuando lo hacía en directo y no podía negarme. Lo de Avelino fue algo totalmente distinto y ya lo mencionaré al hablar de los Festivales de la Canción Local.

Cierto año, en mis vacaciones durante la Feria, Manolo me asaltó, micrófono en mano, para intentar hacerme una entrevista en directo y rehusé tajantemente. Más tarde llegó Antonio (Arguinday, creo), su compañero, quien lo sustituyó en la retransmisión. Entonces Manolo se me acercó con cuatro chicos que resultaron ser de un grupo nuevo y fans irredentos de Dracmas. Estuvimos charlando de sus proyectos y yo les aconsejé mucho tesón y constancia, que el camino es difícil. Y, de repente, Manolo me preguntó qué estudios tenía yo de música. Respondí que solfeo aunque hacía mucho y lo tenía bastante olvidado. Y entonces él les dijo, mirándome con triunfal aire de reto: "¿Veis lo que yo os decía? No hace falta saber música para ser un buen músico” —le agradecí el elogio, si es que lo había, pero le dije que estaba jugando con ventaja—. Continuó diciendo, una vez más, que eso del solfeo estaba ya desfasado y sólo lo utilizan los antiguos; que acabaría relegado a la música clásica y desaparecería con ella y cosas en este sentido.

Arriba, el estilo Manuel Herrera. Abajo, mi estilo.

 

Rebatí ese disparate, naturalmente. Los chicos se despidieron al cabo, con expresión de estupefacción; y vuelta a su cantinela obsesiva de que la música hoy en día era improvisar...  Y luego me deslizaba, con mucha ironía, comentarios sobre la Monarquía y la República y me decía que había alguien que se reía mucho cuando “me ponía contra las cuerdas con ese tema…” y con sus consecuencias. Labor positiva, como se ve. Con amigos así… Gracias, Sr. Herrera… y Cía.

Por cierto… según se afirmó, y así consta por escrito,  por parte del corrector/maquetador/ynoséquémás se había restringido en el libro el espacio dedicado a Dracmas porque “no se había aportado material suficiente” y, por otra parte, “había que condensar” (contradictorio esto ¿no?). Pero se incrusta, en las referencias al grupo  y “para rellenar”, una reseña publicitaria sobre el Fiat 127 y una loa a Manolo Herrera, cuya pertenencia a Dracmas fue tan efímera como nefasta.  Habría sido más lógico que esto último se hubiera incluido en Dinguels o Brisas, con los que  había permanecido mucho más tiempo. Y se publican dos fotos en las que yo no aparezco (era sólo una sombra, claro). Y, en una de ellas… hay sólo dos miembros de Dracmas. Pero está Manolo Herrera, faltaría más. Dios los cría…

El Sr. Herrera tuvo en su día una tribuna desde donde proclamar sus opiniones sobre lo divino y lo humano —y hasta lo demoníaco—. El Sr. de Casas ha loado en su libro a quien le ha venido en gana y denigrado o ignorado a quien le ha parecido: tenía la sartén por el mango. Y si la sartén pesaba mucho, ayuda. Yo también estoy en mi derecho de opinar y contar. Y todas aquellas personas que tengan algo que decir y que hayan sido injustamente tratadas… ojalá se decidieran a ejercer ese derecho.

Me siento orgulloso de haber pertenecido a Dracmas (como también de haber contribuido en  humilde medida al sostenimiento —POR AMOR AL ARTE (y nunca mejor dicho), insisto— de los Dinguels), del trabajo realizado y los resultados obtenidos, así como de otras cosas: de haber conocido a muchas personas porque tanto de lo bueno como de lo menos bueno —o decididamente malo— se extraen consecuencias positivas.

 

 

ORFEÓN PADRE VICTORIA

Mi relación con el Orfeón no fue todo lo estrecha que yo hubiera querido. Diversas circunstancias así lo propiciaron, además  de la conciencia de tener “voz de sumidero”, como decía Ángel Mario. De todas formas, entre la banda de música, la tuna, luego estudiar fuera, trabajar, los grupos, mi coro…

Cuando el Orfeón decidió montar el Gloria de la Misa Criolla, acudieron Antonio Quintana y Juan Gallardo para acompañar, con la guitarra y percusión, respectivamente. En principio no iba a llevar bajo, sino sólo guitarra y timbal. Lo cierto es que se les atragantaron unos acordes y recurrieron a mí para obtenerlos.

Acompañando a Quintana y Juan, acudió el entonces director del Orfeón, D. LUIS DÍEZ HUERTAS —quien me dijo luego que había oído hablar de mí y tenía curiosidad por conocerme—, al local de ensayo de Dracmas. Así que un par de audiciones del disco y… voilà!  La verdad es que quedó la mar de bien. Si mal no recuerdo yo me uní con el bajo porque, precisamente, a los acordes que yo les facilité, de 5ª aumentada y 6ª, les venía muy bien el refuerzo de notas graves. Me incorporaron al grupo instrumentista que acompañó la actuación. De esas actuaciones yo apenas me acordaba (también a mí me falla alguna neurona ya) hasta que me han hecho llegar los programa de varios de esos conciertos y así recordar. Y no puedo precisar cuántas, pero fueron dos o tres veces las que actué con tal motivo con el Orfeón. En alguna ocasión en que no pude ir me sustituyó “Koly” con total solvencia.

Cena del Orfeón en la Estación Marítima.

En la foto estoy con Antonio Quintana. Creo que la chica que está a mi derecha, es la ex de Paco Gámez, pero no estoy seguro. Luego Beli y Trini.

 

El Orfeón Padre Victoria siempre ha sido una gran coral. Y con Luis… era especial. Luis y yo entablamos una relación estupenda: nos caímos muy bien los dos desde el primer momento y disfrutábamos mucho hablando de música. (Por cierto: Loli, la esposa de Lirio Palomar, que también fuera director del Orfeón, fue compañera mía en la academia de Dª CARMEN GODOY.)

Meses más tarde, Quintana nos propuso a Luis y a mí hacer un arreglo para el Orfeón de una preciosa canción que había compuesto sobre un fantástico soneto de José María Fernández Nieto —aunque a mí Quintana siempre me ha dicho que era de Miguel Fernández, informaciones fiables posteriores me remiten al  poeta palentino—, premiado en 1961, (pág. 75, entrevista a Luis Díez Huertas). Precisamente en el programa España en Directo, Quintana salió con su guitarra en una barca (yo estaba enfrente, junto al cámara) cantándola. Lo curioso es que, en la pág. 74 del libro,  aparece un “Poema a Melilla”, autor Antonio Quintana. A mi entender, se trata del mismo. Si estoy equivocado, espero que alguien me lo haga saber. So pena que sólo se mencione al autor de la música y no de la letra. Qué lío ¿no? En cualquier caso, la letra con que se interpretó inicialmente no sé si ha llegado a interpretarse con la definitiva creo que se llama “Torreón de amor” y el primer cuarteto del soneto dice así: “

                          Erguida como un lirio de granito/

                          Varonil como el sueño de una espada/

                          Melilla azul, Melilla enamorada/

                          De su mar desafía el infinito...”

Posteriormente me han enviado una letra distinta, no sé por qué. Pero la verdad es que… me reservo mi opinión sobre este nuevo soneto para no herir susceptibilidades. Y desconozco si ha llegado a interpretarse alguna vez con la nueva letra.

Entre Luis Díez Huertas y yo hicimos el arreglo, a cuatro y seis voces, que tuvo mucho éxito. Al principio me asusté puesto que no había nunca arreglado para tantas voces y me pareció que el Orfeón era demasiado para mí. Les dije que no me sentía capacitado para eso, pero Luis me animó y me dijo que, después de lo que había visto con lo de la Misa Criolla y luego en el I Festival de la Canción Local, en el que él había actuado como jurado, confiaba plenamente en mí. Así que entre los dos nos pusimos manos a la obra. Creo recordar que  este arreglo se presentó en un certamen en Barcelona —este éxito motivó que en la Estación Marítima se celebrara una cena con tal motivo a la que asistimos, especialmente invitados, Quintana y yo—. El arreglo creo que quedó bastante espectacular, si bien, al ensayar con el Orfeón, hubo que invertir el acorde final porque tal como estaba no sonaba demasiado bien.  Mea culpa. Si hubiera tenido conocimientos de armonía eso no habría pasado —yo “trabajo de oído” por lo que no pude oír cómo sonaba: no se tiene un orfeón disponible para ir haciendo probaturas; teníamos un piano en el que Luis tocaba lo que iba saliendo, pero un coro no suena igual; cuando se ensayó y se pudo comprobar, Luis invirtió el acorde: solucionado—. Posteriormente he hecho una versión orquestada —en la que he tratado de expresar el carácter, a la vez, épico y lírico del soneto— de esa canción con el preceptivo permiso de Quintana, autor de la música,  quien, al solicitárselo, me dijo que “para él sería un honor”. El honor y el placer fueron, sobre todo,  míos.

Más tarde, Luis marchó a Málaga y yo a Madrid. Hace años que, lamentablemente, no tengo contacto con él. En el tiempo que estuve en Madrid me desligué mucho de todo este mundillo. Sólo conservé el contacto con los amigos más íntimos. Incluso me enteré de, por ejemplo, bodas de amigos y nacimientos de sus hijos por terceras personas. Sí que estuve en la de Koly, en Santander, como habréis leído en la entrega dedicada a él y la foto adjunta. Y, recientemente, en la de su hija y en la de hijos de otros amigos.

 

 

FESTIVALES DE LA CANCIÓN LOCAL

En el Club de Juventud, siempre atentos a procurar actividades para los jóvenes, se pensó en celebrar otro festival de Grupos. Pero la proximidad del anterior era una razón de inoportunidad, según criterio mayoritario. No recuerdo exactamente de quién fue la idea de celebrar un festival de la canción. Quizá fuera de Quintana pero no estoy seguro. Lo cierto es que me pareció una magnífica iniciativa. Ya se había celebrado el Festival de Ultramar, de nefasto recuerdo, en el que una señora que quería a toda costa ser miembro de número de la SGAE aprovechó el “pardillismo” de entonces de nuestra ciudad para alcanzar sus objetivos (para quienes no lo sepan, por el hecho de ganar un festival de la canción, sus autores ingresan, automáticamente, como miembros de número de dicha Sociedad).

 

I FESTIVAL DE LA CANCIÓN LOCAL

MELILLA, 1972.

La idea de una Festival de la Canción en que los autores, tanto de música como de letra, los intérpretes y los acompañantes fueran todos Melillenses o residentes en Melilla (aunque fuera accidentalmente) nos pareció genial. Así que se confeccionaron las bases… y a publicarlas. La respuesta fue increíble: un montón de canciones de las que se preseleccionaron las 20 que lucharían por pasar a la final. Desde el primer momento, en el Club de Juventud no se tuvo la menor duda de sobre quienes recaería la responsabilidad de acompañar a los cantantes.

Yo me ilusioné como nunca antes con la idea: canciones vírgenes que modelar —con la absolutamente imprescindible colaboración de mis compañeros de Dracmas— como mi entender me dictara en la armonización y concepción del acompañamiento musical.

Algunas canciones tenían muy pocos acordes. Sonaban pobres y repetitivas, así que me esforcé en sacar lo que escondía tras sus melodías. Otras venían ya, como las de Quintana o Mariano Salgado, cumplidamente armonizadas y no las toqué en ese sentido.

Una vez seleccionadas las canciones las estuve escuchando con la letra delante, guitarra en ristre, probando los tonos de las canciones para que los intérpretes se sintieran cómodos y dieran lo más de sí mismo; añadiendo acordes, modificando otros… incluso (siempre con la autorización y aquiescencia de los autores) retocando un poco alguna línea melódica. La verdad es que tuve bastante libertad en ese aspecto y los únicos peros que se me pusieron consistieron en que yo quería eliminar un montón de cortes de una canción por reiterativos y considerar que “pesaban mucho” en la canción —pero el autor/intérprete no quiso, así que con todos los cortes quedó: en mi opinión (y en la del resto del grupo) habría mejorado mucho con algunos retoques, pero el autor se mostró inflexible—; y algún otro que habiendo presentado una canción con tres acordes básicos no “oía” las modificaciones armónicas que yo le proponía y desistí. Al fin y al cabo, los dueños de las canciones son sus autores.

Disfruté como un enano con todo este trabajo que suponía un gran reto para Dracmas y para mí en particular.

El tema “Castaña pilonga”, instrumental de Antonio Quintana y que figuraba en el repertorio de Dracmas fue utilizado como sintonía de apertura de cada semifinal y la final.

Yo presenté dos canciones que había compuesto para tal ocasión: “Hoy” cuya música era enteramente mía con letra de Amalio Jiménez  y otra, “Incomprensión” en la que colaboré mínimamente en la música y cuya letra escribí en colaboración con Carlos Marín. Curioso esto: yo soy incapaz de escribir una canción con letra… y he colaborado en varias como letrista… Misterios insondables de la humana natura: dependo de la inspiración de los demás para “vestir” mis  propias melodías.

Presenté a mis compañeros de grupo  las modificaciones que había efectuado y todas merecieron aprobación, así que… a ensayar como posesos. Los ensayos tuvieron lugar en el local de Dracmas, como no podía ser menos, al tener allí todo el instrumental y poder disponer de él sin tener que trasladarlo.

Los ensayos fueron intensos y agotadores. Entre que era la primera vez que lo hacíamos y el hecho de ir bastante contra reloj complicaba las cosas. Había cantantes muy noveles, no acostumbrados al acompañamiento instrumental, a alguno de los cuales cuadrar los compases resultaba algo difícil en ocasiones. Primero ensayaba a solas con ellos y la guitarra y cuando habían cogido seguridad, con el grupo. Hubo que repetir una y otra vez determinados pasajes. Se fue consiguiendo dominar la situación satisfactoriamente aunque siempre quedaba el temor de que alguno se desmandara en el momento menos oportuno. Además, para quien no está acostumbrado a cantar amplificado, al principio es difícil. Así que procuraba decirles truquillos, como taparse un oído para oírse por dentro y afinar mejor en algún momento determinado. Por supuesto, estaba pendiente de marcarles las entradas (la mayoría no lo necesitaban), para lo que puse el teclado, en el escenario, algo más adelante de lo normal, para que pudieran verme sin excesiva dificultad en caso de que se sintieran inseguros.

AMALIO JIMÉNEZ había compuesto, algún tiempo antes, algunas canciones. Yo le animé a presentarlas por considerarlas magníficas aunque les hizo algunas modificaciones en la letra, por sugerencia de ÁNGEL MARIO, intérprete de la canción vencedora: “Juventud”. Ésta se llamaba, originalmente, “Ilusión”, pero Ángel Mario hizo ver a Amalio que cambiándole el nombre la canción adquiría otro sentido y mayor fuerza y, además, tratándose del Club de Juventud, estaría muy en consonancia. Amalio aceptó de buen grado las sugerencias, lo que constituyó, evidentemente, un acierto. En otra canción, aceptó alguna modificación en la letra. En cuanto a las variantes armónicas que introduje, le encantaron. También cambié el ritmo de otra canción: “Tu canción repitió el viento”. En ésta, Ángel Mario hizo una sugerencia muy acertada. La canción termina con “… que voy a morir”; Ángel Mario propuso acentuar el “morir” final con un redoble de caja en un compás insertado antes, a guisa de ráfaga de metralleta. El día que la interpretó hizo gestos como si recibiera balazos de todos lados (Ángel Mario, sin ser un gran cantante, brilló a gran altura por sus interpretaciones: no en balde fue actor en la A. A. Tallaví), lo que provocó grandes risas entre el público y una enorme ovación por su excelente interpretación que, por otra parte, llevó en volandas a la canción “Juventud” al triunfo.

Siempre me ha gustado cantar, aunque mi voz no fuera un portento, precisamente. Y me hacía ilusión hacerlo en el Festival así que le pedí a Amalio que me dejara cantar “Volveré” una canción suya (cada intérprete sólo podía cantar dos canciones) que estaba “huérfana” y a mí me resultaba muy querida porque me traía muchos recuerdos de unos años atrás. Me dijo que encantado, así que me lancé. Bueno… qué atrevimiento ¿no? Avelino Gutiérrez dijo en su crónica que “…Bernardo ha demostrado que no es el cantante idóneo para este tipo de canción”. Yo creo que para ninguno… En esta canción, Amalio tocó el teclado.

Perpetrando VOLVERÉ

 

Los premios se distribuyeron como figura en el libro: vencedora, “Juventud”, de AMALIO JIMÉNEZ, que obtuvo también el de la MEJOR LETRA (no en balde Amalio es mi “letrista oficial”). 2º Premio, “El Viejo”, de Mariano Salgado quien tocó en esta ocasión el teclado. Mariano aceptó unas sugerencias sobre la forma de utilizar el bajo en la canción, encargándome yo en esa ocasión de su ejecución, así como en “Incomprensión”, 3er premio. Como queda reflejado también, CARLOS recibió el premio a la MEJOR INTÉRPRETE. Carlos tiene (espero que la conserve) una gran voz aunque en aquel momento yo echara de menos algunos matices (eso, generalmente, lo da la madurez). Nada que objetar a su merecidísimo triunfo.

AMALIO JIMÉNEZ recibiendo el Primer Premio del Festival.

AMALIO JIMÉNEZ, dirigiéndose al respetable, en un momento del festival.

Recibiendo el beso de felicitación y la placa de mi querida Ana, tristemente fallecida en plena juventud.

Exhibiendo, feliz, la placa acreditativa del 3er Premio. A la derecha Mariano Salgado. A la izquierda, vuelto, el gran Luis Díez Huertas.

 

Mi canción “Hoy” se la di a MANOLO URIEL (Manolito de Finlandia para los íntimos) quien la interpretó de maravilla. No obtuvo el lugar que creo que merecía puesto que la canción le iba como anillo al dedo. Pero pienso que, una vez más, Manolo no fue profeta en su tierra. Por otra parte, creo que descuidé el arreglo de esta canción en beneficio de otras. Los ensayos y el trato más continuado reforzaron mi amistad con Manolo Uriel que cada día me demostraba su calidad humana aparte de su irresistible simpatía y me distinguió con su aprecio y cariño. Lo demuestra el (excesivo, a todas luces) apodo que me puso: “Berny SuperStar”. También interpretó “Incomprensión” con fuerza y garra dándole mucho sentido. Fue ovacionado por su interpretación, como no podía ser menos dada su categoría de cantante y llevó la canción al tercer puesto.

Hice dos copias de la placa obtenido por “Incomprensión” y le envié a Koly una y a Manolo Uriel le di la otra, con su nombre grabado.  Koly la tenía, como yo, en lugar preferente en su casa. No por el valor sino porque, como me dijo él y así pensaba yo, era una cosa que habíamos hecho juntos. Nuestra primera canción en colaboración. Lástima que las circunstancias no permitieron que hiciéramos muchas.

En general estoy bastante satisfecho del resultado “artístico” de ese Primer Festival. Pero me propuse que, si había una segunda edición, la cosa tuviera mayor enjundia. Tenía varias ideas en la cabeza que, por premura, no se habían llevado a cabo. Por ejemplo: el salón de actos de Magisterio se reveló insuficiente para albergar al público que fue, lo que me hizo pensar en un cambio de ubicación. Y pensaba que si Dracmas continuábamos en la brecha, reforzar el grupo…

Los presentadores fueron Toñi  Fortes y Nono Amate. Ella, compañera mía, al cabo de los años, en Telégrafos en Almería. Y a Nono lo he visto con cierta frecuencia por coincidir en conciertos y otro tipo de actos, donde coincidimos ellos y yo,  y hemos hablado con cierta nostalgia de aquellos tiempos y aquellas iniciativas.

Como he dicho en otra entrega, Luis Díez Huertas, a la sazón director del Orfeón Padre Victoria, con el que había entablado una relación muy entrañable, formó parte del jurado. Hoy me he enterado de su fallecimiento en Málaga, en 2008. Me he sentido sobrecogido… Descanse en paz este magnífico músico y estupenda persona.

En cuanto al público asistente… entregado, animoso, jaleando y subrayando con aplausos lo que les gustaba… La proximidad al escenario fue importante en la rapidez con que el público conectó con canciones, intérpretes y acompañantes. Pero el local era demasiado pequeño y…

En esa ocasión, y posteriores, me abstuve de escuchar las “crónicas” de Manolo Herrera. Conociendo sus “criterios”…

La verdad es que fue un gustazo aquella experiencia. Existe una grabación de todas las canciones… tomadas desde un grabador de casete con pilas desde el público.